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title: "Del Mimosa al Mundial"
article_type: "Article"
description: "Una escritora alemana visitó la Patagonia galesa, se desencantó y concluyó que la Colonia despertó el apetito del Estado argentino sobre el sur, y que de ahí viene la pobreza del Valle. Por esos mismos días, algunas voces acusaban a la Argentina de racismo por el color de piel de su selección. Dos discusiones sin relación aparente y un mismo error de fondo: leer a este país con una regla que no es la suya. (*) Artículo de opinión"
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date_published: "2026-08-30T00:40:00-03:00"
date_modified: "2026-08-30T00:47:45-03:00"
author_name: "Waldo Griffiths"
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author_bio: "El autor es especialista en comunicación institucional y ciencia de datos. Ha sido consultor in-house y externo para diversas firmas. Actualmente ocupa la Dirección de Prensa de la Presidencia de la Legislatura del Chubut. Es maestrando de la Maestría en Ciencia de Datos (etapa de tesis) de la Universidad Austral, y Máster en Data Science y BI (UNED, Madrid), en Investigación de Mercado (UNED, Madrid) y en Dirección Comercial (Universitat de Barcelona)."
category_name: "Opinión"
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# Del Mimosa al Mundial

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*Tehuelches y galeses - Circa 1890*

La escritora alemana Imogen Herrad soñó durante años con la Patagonia galesa, vino, se deslumbró y después se desencantó. De ese desencanto salió una nota publicada por [Wales Online](https://www.walesonline.co.uk/news/wales-news/finally-visited-welsh-community-side-34496971) y reproducida en castellano por [elvalleonline.com.ar](https://www.elvalleonline.com.ar/el-relato-de-una-autora-alemana-que-se-desamoro-de-los-galeses-de-patagonia/), con dos afirmaciones fuertes: que fueron los galeses quienes, al demostrar la fertilidad del suelo patagónico, desataron el apetito del Estado argentino y con él la Conquista del Desierto; y que la geografía social de hoy —galeses en las tierras buenas, indígenas en la periferia pobre— es la consecuencia directa de aquel origen.

Ninguna de las dos resiste el cotejo con las fechas ni con la bibliografía. Pero el problema de fondo no es un error de datos. Es la vara con la que se mide.

## **Uno: la cronología no cierra**

La tesis es una cadena causal —los galeses prueban que el suelo produce, el Estado se entera, el Estado invade— y basta ordenar las fechas para romperla.

El velero *Mimosa* desembarca unas ciento cincuenta personas en el Golfo Nuevo el 28 de julio de 1865. **Dos años después**, en agosto de 1867, el Congreso sanciona la Ley 215, que ordena llevar la línea de frontera a los ríos Negro y Neuquén. En 1867 la Colonia no había demostrado nada: estaba al borde de la disolución y llegó a pasar veintidós meses casi sin comunicación marítima con el exterior. Los canales de riego —el hallazgo que efectivamente cambió la suerte del valle— recién se insinuaban.

El resto de la secuencia es igual de terminante. El plan de avance sobre la frontera lo formula Adolfo Alsina, ministro de Guerra de la Nación, entre 1875 y 1877, y lo hace pensando en la pampa de Buenos Aires y en el ganado, no en el trigo patagónico. La Ley 817 de 1876 consagra la facultad del Estado sobre "las tierras por conquistar". La Ley 947, de octubre de 1878, financia la campaña con un empréstito garantizado con territorio todavía no ocupado: los suscriptores compraban por adelantado lo que el ejército iba a tomar. La campaña militar, conducida por el general Julio Argentino Roca —después dos veces presidente de la Nación—, se despliega entre 1879 y 1885.

¿Y el trigo? Recién en 1885 la Colonia alcanza las seis mil toneladas, y las medallas de oro en las exposiciones internacionales de París y Chicago llegan después. La fama triguera del Chubut es **posterior** a la conquista, no anterior. Es el resultado de la ocupación militar, no su causa.

Y cuando el reparto de tierras llegó, no fue para los chacareros del valle. Fue para los tenedores del empréstito y para los oficiales del ejército, por vía de la Ley de Premios Militares 1628 de 1885.

Hay algo más elemental. El propio Nicolás Avellaneda, presidente de la República entre 1874 y 1880, al pedirle los fondos al Congreso describe la ocupación de la frontera como una aspiración sostenida desde los primeros días de la Independencia. El Estado argentino no necesitaba que unos chacareros galeses le avisaran que la Patagonia existía: la disputaba con Chile, la había legislado en 1867 y la entendía como cuestión de soberanía. Atribuirle a ciento cincuenta colonos empobrecidos el poder de mover la política territorial de un Estado en formación no es una crítica al colonialismo: es sobredimensionar hasta el absurdo la importancia de los europeos en esta historia.

## **Dos: el malentendido de fondo**

La observación más dura de Herrad no es sobre los colonos del siglo XIX. Es sobre nosotros: dice que a la mayoría de los galeses patagónicos de hoy no le importa realmente esa parte de la historia, y menos todavía las vidas indígenas en el presente.

Eso es falso. Y el modo en que es falso explica todo lo demás.

Las vidas indígenas nos importan exactamente lo mismo que las de cualquier otro argentino, porque son las vidas de otros argentinos. Son las de nuestros compañeros de grado, nuestros vecinos, nuestros empleados y nuestros jefes, la gente con la que compartimos la cola del almacén y la tribuna de la cancha. La pregunta de Herrad —¿les importan a ustedes, los galeses, las vidas de ellos, los indígenas?— presupone dos bloques separados que se miran a la distancia y se deben algo. Ese esquema no describe al Valle: lo importa desde afuera.

Y no es un detalle de forma. Para poder formular esa pregunta hay que dividir antes a una población que no está dividida así. Hay que decidir que en el Valle hay galeses por un lado e indígenas por el otro, cuando lo que hay son chubutenses, muchos de ellos las dos cosas a la vez. La pregunta discrimina en el acto mismo de hacerse.

Y es una pregunta que a nadie se le ocurriría hacerle a otra colectividad. Nadie va a preguntarle a un argentino de apellido italiano, o español, o sirio, si le importan las vidas de las comunidades originarias. Que se le pregunte a los galeses supone una deuda particular que solo tiene sentido dentro del esquema de colonizador y colonizado, es decir, dentro de la misma vara que esta nota viene discutiendo desde el principio.

Distinto es discutir cómo se cuenta la historia de la Colonia, y ahí sí hay una conversación legítima: la versión de acto escolar es selectiva y se detiene justo donde empieza lo incómodo. Pero selectiva no es inventada. Si el relato de la convivencia sobrevivió ciento sesenta años es porque hay documentos debajo.

En julio de 1883, al saber que una parcialidad tehuelche había sido tomada prisionera y sería deportada a Buenos Aires, los colonos del Chubut intercedieron ante el general Lorenzo Vintter, jefe militar en la frontera patagónica, para que se permitiera a sus "viejos vecinos indígenas" quedarse en sus hogares: decían haber recibido de ellos mucha ayuda y no haber sentido jamás temor, sino haber tenido en ellos "un muro de seguridad y amparo". La gestión fracasó. John Daniel Evans —el mismo que sobrevivió a la matanza del Valle de los Mártires— intentó después, también sin éxito, liberar a un tehuelche confinado en Valcheta, al que llamó "mi amigo de la infancia, mi hermano del desierto".

Fracasaron por una razón simple: los galeses del Chubut no tenían ningún poder. Eran una comunidad marginal, sin peso político en Buenos Aires, mirada con desconfianza por el gobierno nacional por su apego a la lengua propia y por su presunta afinidad británica en plena disputa limítrofe. Omitir estos dos expedientes —ambos disponibles en la bibliografía académica argentina— no es un descuido menor cuando la tesis del texto es precisamente la indiferencia.

Y en el presente, que es de lo que Herrad habla, hay algo que ella no menciona: el galés se enseña hoy en el Valle en escuelas a las que van chicos con apellido mapuche, español, italiano y galés, todos revueltos. La lengua que un imperio quiso extinguir en Gales sobrevive en la Patagonia argentina, en boca de chicos que no descienden del *Mimosa*.

## **Tres: la periferia de Trelew no la construyó el siglo XIX**

La pregunta que cierra la nota —por qué los galeses viven en las partes hermosas del valle y "nuestra gente" en los barrios pobres— tiene respuesta empírica, y no está en 1865.

Tomemos por caso a la ciudad de Trelew, una de las principales del Valle, si no la principal. En 1960 tenía unos 11.500 habitantes. En abril de 1971 se crea el Parque Industrial, con un régimen de promoción que convirtió a la ciudad en el mayor polo textil sintético del país y generó más de seis mil puestos directos. Para 1980 la población rondaba los 54.000: un 470% de crecimiento en veinte años. La migración vino de la meseta central, de otras provincias y de Chile. La ciudad no estaba preparada: el tradicional barrio Progreso nace en 1973 por autoconstrucción, y las tomas de tierra son consecuencia directa de una explosión demográfica sin planificación. Entre 1985 y 1995, con la apertura importadora, se perdió más de la mitad del empleo industrial y la pobreza urbana se cristalizó.

Los cinturones de Trelew son el producto de un enclave industrial subsidiado y de su colapso. No de un reparto de chacras hecho hace ciento sesenta años entre chacareros galeses cuyos descendientes son hoy una minoría demográfica pequeña en un valle habitado mayoritariamente por gente sin ninguna relación con la Colonia.

## **Y ahora lo que de verdad no se entiende desde afuera**

Hasta acá, los datos. Lo que sigue es lo que ninguna cantidad de datos alcanza a explicarle a un visitante.

En mi grado de la Escuela 21 de Trelew había chicos con apellido indígena, con apellido español, con apellido italiano, con apellido galés, con apellido turco. Nadie llevaba la cuenta. No porque estuviera prohibido hablar del tema, sino porque el tema no existía como tal. Éramos treinta chicos con el mismo guardapolvo blanco. Después, en la secundaria, en la ENET N° 1, el reparto era el mismo: los mismos apellidos revueltos, ahora bajo el mismo blazer.

Eso no fue casualidad ni buenos modales. Fue un diseño.

## **El crisol: primero lo peor**

Acá conviene adelantarse a la objeción, porque es seria y tiene nombre.

La versión celebratoria del crisol de razas es indefendible, y hay que decirlo antes de que lo diga otro. El proyecto de la Generación del 80 —la élite que organizó el Estado argentino moderno— fue explícitamente europeizador. Gobernar es poblar, escribió Alberdi, y la frase le sobrevivió mucho más que la letra chica. Porque el mismo autor se ocupa de aclarar que no sirve cualquier poblador. Sarmiento, presidente entre 1868 y 1874, fue todavía menos ambiguo: civilización o barbarie, y la barbarie tenía cara. El crisol fue pensado para fundir europeos con europeos, y en el mismo movimiento borró del relato nacional a los pueblos originarios y a los afrodescendientes que ya estaban acá. Geraldine Lublin, de la Universidad de Swansea, lo llama el mito de la Argentina blanca y sostiene que sigue plenamente vigente. Tiene razón. Quien pretenda discutir esta historia sin conceder ese punto está perdiendo el tiempo.

Pero hay que separar dos cosas que suelen viajar pegadas: el relato del crisol y el dispositivo del crisol.

El relato es el que dice que los argentinos descendemos de los barcos. Es falso, es excluyente, y merece muchas de las críticas que recibe.

El dispositivo es otra cosa. Es un conjunto de instrumentos legales que se sancionaron con una intención y produjeron un resultado distinto del que sus autores tenían en la cabeza. La Ley 346, de 1869, que otorga la nacionalidad por haber nacido en este suelo y no por la sangre que se trae. La Ley 1420, de 1884, que puso a todos los chicos del país en la misma aula, gratis, sin catecismo y sin preguntar de dónde venía el padre. El servicio militar obligatorio que impulsó en 1901 el ministro de Guerra Pablo Riccheri, y que mezcló en la misma cuadra al hijo del italiano, al del criollo y al del sirio. Y el guardapolvo blanco, adoptado en las primeras décadas del siglo XX, que es la metáfora más literal que un Estado haya producido jamás: una prenda diseñada para que no se note quién es el hijo del doctor y quién el hijo del peón.

Alberdi quería europeos. La Ley 346 no pregunta: le da la nacionalidad al hijo del boliviano, del paraguayo, del sirio y del coreano con la misma indiferencia con que se la dio al hijo del galés. La Ley 1420 se pensó para castellanizar hijos de inmigrantes europeos y terminó sentando en el mismo banco al nieto del tehuelche. Los instrumentos sobrevivieron a las intenciones de quienes los redactaron, y en más de un caso las contradijeron.

Eso es lo que no se ve desde afuera. Desde afuera se ve el relato —que efectivamente es criticable, y que hay que criticar— y no la maquinaria, que funcionó de un modo que sus diseñadores no habían previsto. Por eso hoy, en este país, la pregunta "¿vos de dónde sos?" se responde con el club, con la provincia o con el barrio, y casi nunca con el color de la piel.

## **La misma operación, otra vez**

Durante el Mundial 2026 de fútbol se instaló en redes y en parte de la prensa extranjera una campaña que describía a la Argentina como un país racista. El argumento central, repetido hasta el cansancio, fue de una simpleza notable: el plantel argentino no tenía jugadores negros, luego el país es racista. Lo firmaron desde celebridades de Hollywood hasta legisladores estadounidenses. La consultora Ad Hoc documentó cómo la narrativa se aceleró después de los partidos con Argelia y con Egipto, empujada por contenidos fabricados para provocar indignación, que los algoritmos premian con alcance.

Conviene aclarar qué no se discute acá. Que existen personas racistas en la Argentina, como en cualquier sociedad del mundo, no lo pone en duda nadie, y esa conversación merece su propio espacio y su propia nota. Lo que está en cuestión en esta es otra cosa: el salto que va de unos individuos a un país entero, y la vara con la que se hace ese salto.

Porque la ausencia de jugadores negros en una selección no prueba racismo. Prueba demografía. La Argentina tuvo esclavitud y tuvo población afrodescendiente, y esa población se diluyó en un mestizaje masivo que no tiene equivalente en la historia norteamericana. En los Estados Unidos el origen se hereda, se registra y se cataloga: durante más de un siglo bastó un solo antepasado africano para que una persona quedara clasificada como negra de por vida, y esa clasificación organizó la vida entera del país. Acá pasó exactamente lo contrario. Usar la medida de allá para leer la sociedad de acá, y después sorprenderse de que el resultado dé mal, no es un descubrimiento: es un error de medición.

Es la misma operación que hace Herrad. Llega con un esquema armado en otra parte —colonizador y colonizado, blanco y no blanco, culpable e inocente— y lo apoya sobre un Valle donde ese esquema nunca fue el organizador de la vida social. Cuando la realidad no encaja, la conclusión no es que la regla está mal calibrada. Es que el país está mal.

Y hay una ironía que vale la pena señalar sin estridencia. Buena parte de esas acusaciones proviene de sociedades que construyeron la categoría misma de raza como instrumento de gobierno, y que todavía no terminaron de saldar cuentas con ella. Exigirle a la Argentina que se explique en ese idioma es una forma más de colonialismo: solo se puede ver al otro desde la propia mirada.

## **Con quién es la discusión, y con quién no**

Conviene ser preciso, porque acá hay dos conversaciones que se parecen y no son la misma.

En 2025, por los ciento sesenta años del desembarco, la Biblioteca Nacional de Gales lanzó junto a la Universidad de Swansea una exposición digital trilingüe —galés, inglés y castellano— titulada *Problematising History: Indigenous perspectives on Welsh settlement in Patagonia*, dirigida por la propia Lublin. Reúne cuatro proyectos de artistas y referentes mapuche tehuelche, con trabajos sobre Nahuelpan y sobre Paso de Indios, que cuestionan el mito del encuentro pacífico y hablan del despojo con voz propia.

Con esa conversación no hay nada que discutir. Los reclamos por el despojo de tierras en Chubut son legítimos, están documentados y siguen abiertos. Nahuelpan, el caso más conocido, es un desalojo de 1937 —no del siglo XIX— y lo ejecutó el Estado argentino. Que esas voces se escuchen en Gales, y que se escuchen además en su propio idioma, es una buena noticia sin asteriscos.

La otra conversación es la que motiva esta nota, y es de otra naturaleza. Una escritora europea llegó, se ilusionó, se desilusionó, y de esa curva personal derivó una tesis causal que ninguno de los mapuche tehuelche que participaron de aquella exposición formuló, y que ningún historiador sostiene. Confundir las dos cosas —leer la nota de Herrad como si fuera la voz de los pueblos originarios— sería el último eslabón de la misma cadena: un europeo hablando en nombre de otros, y siendo escuchado precisamente por eso.

## **Aceptar el marco y rechazar igual la tesis**

Y hay que decir algo más, porque es lo que separa una discusión seria de una pelea de trincheras.

No hace falta rechazar la teoría del colonialismo de asentamiento para rechazar esta nota. Al contrario. Lublin viene sosteniendo, en su libro de 2017 y en *Settler Colonial Studies*, que la comunidad galesa de Chubut no debe leerse como una rareza pintoresca sino como parte integral del proceso argentino. Es exactamente el punto. Si los galeses son parte de ese proceso y no un actor colonial autónomo, entonces la cadena de Herrad —los galeses descubren, el Estado invade— se cae sola, porque le atribuye la iniciativa a un grupo subordinado dentro de un proceso que lo excedía por completo.

El marco no autoriza la tesis. Lucy Taylor, que trabaja en la misma línea y coeditó con Lublin el número de esa revista dedicado a América Latina, desmonta el "mito de la amistad" con el archivo en la mano y estudió a los galeses como colonizadores y colonizados a la vez. Marcelo Gavirati, desde Puerto Madryn, documentó la lógica económica que sostuvo dos décadas sin malones ni represalias. Son lecturas exigentes y por momentos severas con la Colonia, y sostienen algo bastante más incómodo y más interesante que Herrad: que los galeses se beneficiaron de una conquista que no pidieron, y que su memoria comunitaria construyó después un relato donde esa incomodidad desaparece.

Eso es discutible en los detalles y merece discutirse. Pero nadie que haya mirado el archivo afirma que los galeses precipitaron la Campaña del Desierto. Eso no es historiografía crítica. Es una invención de divulgación, y conviene no confundirla con la otra.

## **Sin romantizar ni edulcorar**

Hasta acá esta nota concedió mucho, y lo hizo a propósito. Pero conceder no es capitular, y hay un punto donde el péndulo se pasa de largo.

Desarmar un mito no equivale a demostrar que debajo no había nada. El relato idílico de la amistad entre galeses e indios es malo como historia: es selectivo, es autocomplaciente y sirve para no mirar lo que incomoda. Nada de eso vuelve falsos los hechos sobre los que se construyó. Y descartarlos junto con el mito, por asociación, es otra forma de mala historia: la que usa el archivo cuando confirma y lo ignora cuando no.

Sin romantizar y sin edulcorar, esto es lo que el archivo sí sostiene.

La Colonia no fue una empresa de conquista, ni de extracción, ni de evangelización. Fue un refugio para una lengua perseguida. Michael D. Jones, el predicador de Bala que fundó la Sociedad Colonizadora en 1861, la concibió expresamente como una salida frente a la anglicización de Gales, en un país donde a los chicos se les colgaba del cuello el Welsh Not por hablar su idioma en la escuela. Eso no es una justificación armada a posteriori: está escrito en los documentos fundacionales, antes de zarpar.

Llegaron sin armas y sin guarnición. No hubo fuerte, no hubo destacamento, no hubo expedición punitiva. Eran chacareros con familia: cincuenta y seis matrimonios, treinta y tres solteros o viudos, doce mujeres solas y cincuenta y dos chicos.

Sobrevivieron porque los tehuelches les enseñaron a cazar el guanaco y el ñandú y les cambiaron carne por pan. Está en las crónicas de Abraham Matthews y de Lewis Jones, y está en las cartas que los caciques les escribieron, que se conservan en el museo de Puerto Madryn. Se puede discutir cómo se recuerda ese intercambio, y hay que discutirlo. Lo que no se puede es negar que ocurrió.

Durante dos décadas, en el Valle no hubo un solo malón ni una sola represalia, en un país donde la frontera era exactamente lo contrario. Gavirati mostró que eso se explica por una complementariedad económica concreta y no por virtud moral de nadie. Perfecto: la explicación materialista no borra el hecho. Sigue siendo una anomalía en la historia argentina del siglo XIX, y las anomalías se explican, no se disuelven.

Cuando el Estado los llamó a las armas contra los indígenas, no fueron. Esa negativa les costó la desconfianza de un gobierno que ya los miraba mal por hablar galés y por su presunta afinidad británica.

Y hay algo que suele pasarse por alto. En las elecciones internas de la Colonia votaban todos los mayores de dieciocho años, mujeres incluidas, según los registros del Consejo de la Colonia que se conservan en el Museo Regional de Gaiman. Medio siglo antes de que las mujeres votaran en Gran Bretaña. Ochenta años antes de que votaran en la Argentina.

Nada de esto convierte a la Colonia en una historia sin sombras, ni cancela la deuda de la que habla el punto que sigue. Pero un pueblo que llega huyendo de la prohibición de su lengua, que sobrevive gracias a sus vecinos, que se niega a disparar contra ellos y que después firma un petitorio para que no se los lleven, no es intercambiable con cualquier otro colono europeo del siglo XIX. Meterlos a todos en la misma categoría porque la categoría es cómoda es exactamente el error que esta nota viene señalando desde el principio: usar una vara que no distingue.

## **La deuda que sí existe**

Nada de esto absuelve al Estado argentino. La Conquista del Desierto fue una campaña de despojo: hubo matanzas, deportaciones, reparto de mujeres y niños como servidumbre, confinamiento en Valcheta y en la isla Martín García. Está probado y no admite relativización. Y el crisol tuvo su propio costo, ya dicho: fue pensado para europeizar, y en el mismo movimiento con que borró la diferencia entre el gallego y el napolitano volvió invisibles a los que ya estaban acá.

Esa es la deuda real. Y es del Estado nacional, de la Generación del 80 y de sus herederos. No de ciento cincuenta chacareros galeses que llegaron huyendo de un imperio que les prohibía hablar en su idioma, que le pidieron por escrito a un general que no se llevara a sus vecinos, y a los que nadie escuchó.

## **Lo que no explica ninguna categoría**

Carlos Gardel puede haber nacido en Toulouse o en Tacuarembó; nunca le importó a nadie lo suficiente como para averiguarlo. Juan Manuel Fangio era el hijo de unos italianos de Balcarce. Correntino por los padres y con sangre guaraní, Diego Maradona. Astor Piazzolla nació en Mar del Plata, hijo de italianos, pero el bandoneón lo aprendió en Nueva York. Lionel Messi es de Rosario, aunque los bisabuelos habían salido de Italia. Y a Jorge Luis Borges se le atribuye la humorada de que no se sentía del todo argentino, porque de italiano no tenía nada.

A ninguno de ellos se lo puede explicar desde afuera. No hay categoría censal, ni casilla de formulario, ni columna de planilla que dé cuenta de qué tienen en común un tanguero de origen incierto, un piloto de pueblo, un pibe de Fiorito, un bandoneonista criado en Manhattan y un rosarino que se fue a los trece años. Y sin embargo cualquier argentino los reconoce a los seis como propios sin dudar un segundo. Lo que tienen en común es un país que decidió, hace ciento cuarenta años y a fuerza de leyes, que el origen no iba a ser el criterio. No porque fuera generoso: porque le convenía. Y le salió distinto de lo que había planeado.

Que salió imperfecto, es obvio. Que dejó deudas enormes, también, y hay que decirlas. Pero pretender explicarlo con la medida de otro es garantía de no entender nada.

Por eso, como decimos prácticamente todos aquí: Argentina, no lo entenderías.

*(*)El autor es especialista en comunicación institucional y ciencia de datos. Ha sido responsable in-house y externo para diversas firmas, instituciones y organizaciones. Es maestrando de la Maestría en Ciencia de Datos (etapa de tesis) de la Universidad Austral, y Máster en Data Science y BI (UNED, Madrid), en Investigación de Mercado (UNED, Madrid) y en Dirección Comercial (Universitat de Barcelona).*

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