Oficial a los 98 años: una historia de prejuicio racial de la Segunda Guerra Mundial

Sociedad 08 de julio de 2018 Por
John James Jr. fue ascendido al rango de teniente más de setenta años después de haber servido en combate, un reconocimiento de rango que no llegó en su momento aparentemente por el racismo que imperaba en Estados Unidos.
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Marion Lane descubrió la fotografía borrosa después de que murió su madrastra; estaba escondida en un armario con sus vestidos dominicales. La desenrolló y vio a su padre joven, guapo y sonriente en medio de un grupo de soldados.

Quedó sorprendida: “Parecía una generación de graduados del Ejército”.

Su padre había sido un cartero que amó a su familia, la pesca y sus preciados y resplandecientes Cadillacs. Jamás habló de su servicio militar en la Segunda Guerra Mundial. El día que ella encontró la foto, finalmente le dijo por qué.

Su padre, John E. James Jr., se graduó de la Escuela de Aspirantes a Oficial del Ejército en Fort Benning, Georgia, en 1942, pero jamás le permitieron servir como oficial comisionado. En cambio, lo enviaron al extranjero como cabo con un batallón de hombres negros en una época en la que la discriminación racial en el Ejército acababa con los sueños y las carreras de una generación de soldados que no eran blancos.


El 29 de junio, el Ejército finalmente rectificó sus actos y ascendió a James al rango de segundo lugarteniente, dos semanas después de su cumpleaños 98. Un secretario asistente adjunto del Ejército, un general retirado de cuatro estrellas y el senador Bob Casey Jr., demócrata de Pensilvania (quien apoyó el caso), asistieron a la ceremonia en el Museo de la Revolución Estadounidense.

“Es increíble”, dijo James, quien proviene de una familia con una larga tradición de hombres del Ejército que data de la guerra de Independencia estadounidense. “Creí que jamás sucedería”.


Y por poco no sucede. Aunque descubrió la foto en 2001, Lane, administradora retirada de una escuela pública, apenas supo en 2015 que su padre podía solicitar una corrección de su registro militar por parte de la Agencia de Juntas de Revisión del Ejército. Pidió la ayuda del senador Casey y de su personal.

La campaña les tomó casi tres años. Enviaron más de una decena de correos electrónicos y cartas, hicieron dos apelaciones y se encontraron con tantos callejones sin salida y decepciones que Lane medio en broma se preguntaba si el Ejército estaba esperando que su padre muriera para que nadie tuviera que reconocer ningún acto indebido.

Pero después de décadas de silencio, James estaba listo para contar su historia. Cuando era joven, jamás había conocido a ningún oficial negro y tampoco vio jamás a ninguno.

Sin embargo, después de que lo enlistaron en 1941, escuchó que el Ejército quería reclutar a oficiales negros. Hizo una solicitud y lo aceptaron en 1942 en una generación de doscientas personas en Fort Benning que incluyó a veintiún hombres negros.

Durmió en cuarteles segregados, pero por primera vez en su vida también comió, entrenó y estudió junto con compañeros blancos. Menos del uno por ciento de los soldados negros en el Ejército eran oficiales en 1942, de acuerdo con un libro publicado en el Centro de Historia Militar del Ejército en 2001.


James aún recuerda cuando se unió a los jubilosos futuros oficiales negros y blancos en su marcha, después de completar el entrenamiento en diciembre de ese año. Todos esperaban que les dieran un ascenso la mañana siguiente.

No obstante, más tarde ese mismo día, dijo James, un oficial blanco lo apartó. En vez de recibir su nombramiento, lo enviarían a otro puesto. “No me iban a dar mis distintivos”, dijo James. Lane sospecha que le negaron el nombramiento porque con ello habría superado a algunos oficiales blancos del batallón al que sería asignado, y en ese entonces los oficiales negros no debían supervisar a los soldados blancos. Algunos comandantes dijeron que no podían albergar en sus cuarteles a soldados de ciertas razas o etnias, pues tenían prohibido compartir cuarteles o comedores con oficiales blancos.

James no supo por qué le negaron el ascenso, pero sabía que lo mejor era no quejarse. Así que se tragó esa injusticia y la humillación de la discriminación y la segregación racial que eclipsó el resto de su servicio, incluyendo tres años como mecanógrafo con el Batallón de Intendentes número 242, el cual abastecía a los frentes de batalla de algunos de los combates más feroces en Italia y el norte de África.

James dijo que no rezó por eso, no soñó con eso ni tampoco habló al respecto, ni siquiera con su esposa al regresar a casa tras el final de la guerra en 1945. En cambio, pasó treinta años trabajando en la oficina postal en Filadelfia y envió a sus tres hijos a la universidad. Se volvió a casar después de que murió su primera esposa. Durante la jubilación pescó y cazó, cuidó su jardín y leyó sus novelas de misterio. Sepultó sus recuerdos de la guerra hasta que su hija encontró la fotografía de su generación en Fort Benning.

“Tírala a la basura”, le dijo James. ¿De qué servía revivir esa vieja historia?, le preguntó. Lane quería demostrarle que estaba equivocado, pero no fue fácil.


En octubre de 2016, la junta de revisión del Ejército rechazó la primera petición de James con el argumento de que no podían confirmar que hubiera asistido a la Escuela de Aspirantes a Oficial del Ejército. Lane volvió a enviar la solicitud y adjuntó la fotografía de su padre con su generación de graduados y otra en la que aparecía con uniforme. Mientras tanto, la oficina de Casey contactó a los Archivos Nacionales, donde se encontraban los registros de James.


En enero, la junta de revisión volvió a rechazar su solicitud con el argumento de que las fotos sin fecha no demostraban que hubiera asistido a la escuela. Esta vez, el personal de Casey contactó a funcionarios de alto rango del Ejército para asegurarse de que supieran que los Archivos Nacionales habían ubicado pruebas de la graduación de James.

En abril, James recibió la llamada para avisarle que ahora sí.

“Sentí que mi padre lo merecía”, dijo Lane. “Vivimos en un país donde sí suceden injusticias, pero también tenemos la bendición de estar en un país en el que las injusticias pueden rectificarse”.