El otro Mundial de Rusia: las apuestas de fútbol

Sociedad 08 de julio de 2018 Por
La selección rusa ha logrado llegar más lejos de lo que se esperaba en este Mundial, un furor que se hace sentir en las casas de apuestas de Moscú, donde los extranjeros solo tienen un problema: el idioma.
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En la casa de apuestas de la avenida Taganskaya todos dejaron de atender las computadoras de sus jugadas y voltearon hacia los dos televisores gigantes, mientras gritaban: “¡Davay! ¡Davay!” (“¡Vamos! ¡Vamos!”, en ruso).

La selección rusa, en la que nadie creía antes del torneo, estaba por eliminar en penales a la poderosa España. Era la primera vez en su historia como Federación de Rusia que avanzaba a cuartos de final de un Mundial. Los apostadores celebraron los penales convertidos por Fiódor Smolov, Sergei Ignashevich, Aleksandr Golovin y Denis Cheryshev. Miraron al cielo cuando Igor Akinfeev le detuvo el penal a Koke (el tercero cobrado por España) y enloquecieron cuando atajó con la pierna izquierda el quinto disparo de Iago Aspas. Ese día los apostadores rusos perdieron 1,8 millones de rublos, casi 30.000 dólares, una cifra notable para las casas locales. Pero eso poco importa en la casa de la avenida Taganskaya.


De entrada pequeña, con un gran cartel luminoso, luces verde chillón y ubicada a 500 metros de la estación de metro, entre una fonda de comida y un café, la casa pertenece a la First International Bookmaker Company, dueña del que presumen que es el primer sitio legal de apuestas en línea en Rusia.

Al entrar, a la derecha, hay una máquina expendedora de café y otra de golosinas. En la pared, monitores para las apuestas y pantallas grandes con transmisiones deportivas. Las mismas filas se repiten a lo largo y a lo ancho. Al fondo, a la izquierda, hay dos mujeres cajeras detrás de un vidrio; son rubias, una más corpulenta y la otra más delgada, ambas tienen cerca de 40 años.

A quien no está registrado le piden el documento de identidad y lo escanean. El formulario incluye hasta el registro de residencia si el apostador no habita en Rusia. “Money”, dicen para cobrar. Es la única palabra que saben en inglés. Otra mujer, una apostadora, les ofrece ayuda a los extranjeros. Dice que hay que apoyar la tarjeta en un sensor conectado a las estaciones de apuestas. El extranjero lo hace y la cajera le pregunta a quién, cuánto dinero y a qué evento va: “A Rusia, 1 000 rublos”.

Días antes del inicio del Mundial, Global Sports Integrity, firma británica que aboga por la regulación y gobernanza en el deporte, avisó que era riesgoso apostar en los partidos de la selección de Rusia. “Sé que hay apostadores profesionales que no lo harán, porque no están seguros de que sean partidos limpios”, dijo su director, Mark Phillips. Phillips recordó las denuncias de corrupción de la FIFA durante la votación de 2010 que le dio el Mundial a Rusia y también el escándalo de dopaje de los atletas rusos —muchos de ellos para los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014, pero es un caso que, supuestamente, también afecta al menos a un jugador de la selección mundialista—.

Además, Phillips citó al grupo “fácil” que, según dijo, le tocó a Rusia en la fase inicial con Uruguay, Egipto y Arabia Saudita. También consideró preocupante que, por primera vez en ochenta años, la Copa del Mundo se juegue sin árbitros británicos. La FIFA designó un total de 99 árbitros y asistentes de decenas de países. No hay de Inglaterra, Escocia, Gales ni Irlanda del Norte. “Parece que fueron rechazados por Rusia. ¿Por qué?”, se preguntó Phillips.

El extranjero de la casa de apuestas en Taganskaya no es discriminado por su pasaporte o su piel: sufre porque nadie lo entiende.
El fútbol ruso de la posperestroika y del capitalismo salvaje y tardío de la década de los noventa incluye historias de partidos arreglados, jugadores con sus autos quemados, árbitros golpeados, dirigentes asesinados y la competencia entre los nuevos ricos: todo eso se cuenta en el libro Football Dynamo. Su autor, Marc Bennetts, recurre a una frase atribuida a Fiódor Dostoyevski para justificar tanto escándalo: “Si no hay Dios, entonces todo está permitido”.

Los escándalos cesaron por un tiempo, pero también cayó el nivel del fútbol ruso que vivió como hazaña fugaz el tercer puesto de la Eurocopa 2008 y recuerda todavía la Nochnoi Pozor (Noche de la Desgracia), como se llamó a la derrota 7-1 ante Portugal en 2004.

Sin embargo, el clima de escepticismo, que se agravó en los últimos años, cambió en el Mundial. En la casa de la avenida Taganskaya apenas había un lugar libre para comenzar las apuestas. En las mesas vecinas sonreían. Otros pocos intentaban ayudar.

Rusia no es fácil para quien es extranjero. El Mundial ha estado muy lejos de repetir los habituales episodios de racismo en los estadios. Pero otras dificultades han quedado expuestas, como lo intentaron hacer inmigrantes de Africa y Asia que el último martes jugaron un partido en un espacio de la FIFA en la Plaza Roja para destacar la contribución de las personas refugiadas en el país. Jugadores de Siria, Afganistán, Congo y Nigeria, entre otros, jugaron bajo el auspicio de la organización antidiscriminación FARE.



Pero el extranjero de la casa de apuestas en Taganskaya no es discriminado por su pasaporte o su piel: sufre porque nadie lo entiende. No se puede operar en otro idioma. Cada jugada, cuando se apuesta en fútbol, ofrece oportunidades de nuevas apuestas y lo que se paga varía según las condiciones puntuales del partido.

Algunos miraban de reojo los juegos de tenis o fútbol de ligas menores, pero la mayoría apostaba por Rusia-España. Parecían trabajadores de sectores sociales menos favorecidos, muchos de ellos con rasgos orientales, comunes en Rusia. El lugar no representa ningún tipo de riesgo para nadie. Un señor mayor, calvo, con identificación de empresa de seguridad y pantalones militares, deambulaba entre los apostadores. Se escucharon lamentos y posibles insultos cuando Ignashevich metió un autogol y España se puso 1-0. Los apostadores ignoraron sus jugadas y miraban el partido.

“¡Botinki!” gritaba un joven: patea. Saltaron y festejaron cuando Gerard Piqué cometió un penal; uno claro. No había oportunidad de que apostadores ingleses o alguien como Phillips denunciaran que hubo fraude.

“Harasho, harasho” (bien, bien), gritaban cuando Artem Dzyuba anotó el 1-1. Salieron a fumar en el entretiempo y el local se llenó de espectadores, no de apostadores. Era una tribuna. El calor y los nervios crecieron cuando llegó la definición por penales.

De repente, la fiesta estalló y el extranjero que apostó 1 000 rublos por Rusia también. Pero a él no le importaba el dinero. La apuesta hablaba de triunfo en los noventa minutos reglamentarios, no en los penales.