Inconsistencias del “lenguaje inclusivo”

Sociedad 15 de julio de 2018 Por
(*) Miembro correspondiente de la Academia Argentina de Letras. Profesora honoraria de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Ana Virkel - Foto

La lengua española posee dos géneros gramaticales: femenino y masculino; cuando los sustantivos refieren a personas, el sufijo -o no solo funciona como marcador de género masculino, sino que tiene, además, un valor inclusivo de todos los individuos de una misma clase, sean de sexo femenino o masculino; por ejemplo, el enunciado “todos mis alumnos aprobaron el examen”, designa el colectivo formado por las alumnas y los alumnos.

Sin embargo, en el marco de los movimientos sociales que luchan contra la discriminación de la mujer, se registra en los últimos años una tendencia creciente al uso de formas lingüísticas que son ajenas al sistema de género binario del español. Estas se agrupan bajo la denominación de “lenguaje inclusivo”, y tienen su origen en dos factores fundamentales: a) el desconocimiento del valor no marcado o inclusivo de los sustantivos terminados en -o; b) la confusión de la categoría gramatical de género con el sexo biológico de los individuos.  

La primera etapa en la evolución del denominado “lenguaje inclusivo” se caracteriza por el uso coordinado de la forma femenina y la masculina en el discurso -‘ciudadanos y ciudadanas’, ‘diputados y diputadas’-, lo que no solo resulta innecesario, sino que atenta contra uno de los principios básicos de la comunicación: la economía en el uso del lenguaje. Por otra parte, esta duplicación se basa en la presuposición de que los sustantivos que terminan en -a designan exclusivamente a personas de sexo femenino; sin embargo, existe un numeroso conjunto de sustantivos terminados en -a que refieren indistintamente a individuos de ambos sexos. Aplicando el mismo criterio, ¿deberíamos decir, por ejemplo, ‘periodistas y periodistos’, ‘pianistas y pianistos’, ‘pediatras y pediatros’, ‘tenistas y tenistos’, ‘turistas y turistos’, ‘colegas y colegos’, ‘víctimas y víctimos’? La inconsistencia del planteo está a la vista.

Una segunda etapa se caracteriza por el uso de la ‘@’ o de la letra ‘x’ (‘[email protected]’, ‘compañerxs’), con las que se reemplaza el morfema de género, atribuyéndoles un valor inclusivo. Pero la @ no es un fonema, sino un símbolo, por lo cual resulta impronunciable; la ‘x’, si bien se corresponde con un fonema, es también impronunciable cuando se incorpora a la estructura morfológica de sustantivos con función de sufijo. Esta propuesta resulta, pues, inaplicable en la oralidad, lo que, paradójicamente, la excluye de la conversación cotidiana, forma básica de la comunicación interpersonal.

El cambio más reciente consiste en la sustitución del sufijo -o por una ‘e’ a la que se le asigna la función de marcador de género neutro. Al mismo tiempo, se pretende transferir a este tercer género el valor inclusivo que históricamente poseen los sustantivos terminados en -o. Cabe señalar, además, que uso de la letra ‘e’ no solo se da en los sustantivos, sino que se extiende a determinantes y pronombres; así, se registran enunciados del tipo de los siguientes: “todes les diputades”, “nosotres les alumnes”.

La lengua es un sistema, y, por lo tanto, cualquier cambio de sus constituyentes modifica las relaciones entre los elementos que lo componen. El desconocimiento de este concepto básico implica ignorar, consecuentemente, que la sustitución del sufijo -o por una -e tendría un impacto sustancial en todo el sistema morfológico; no se trata, en efecto, del mero cambio de una letra por otra, sino de la creación de un tercer género, con lo cual sería necesario reconfigurar la estructura morfológica de género binario del español.

Aun suponiendo que el valor arbitrario atribuido a la letra ‘e’ indicara un proceso de cambio lingüístico en un estadio embrionario, no tardaría en manifestarse una inconsistencia que lo hace poco viable. En efecto, existen numerosos sustantivos terminados en -e (‘adolescente’, ‘paciente’, ‘gerente’, ‘cónyuge’, ´cantante’, ‘docente’), que pueden referir a personas de sexo femenino o masculino. Surge entonces una serie de interrogantes: ¿la generalización de la -e como sufijo inclusivo implicaría la desaparición de los sustantivos de persona terminados en -o, con sus correspondientes femeninos (por ejemplo, niño/a, hijo/a, diputado/a, amigo/a, abuelo/a, maestro/a)? ¿Pasarían estos a integrar el conjunto de sustantivos en -e como los que acabamos de enumerar? La aceptación de esta hipótesis conlleva una contradicción sustancial: los mismos colectivos sociales que han impulsado el uso de la -e como mecanismo de inclusión, consideran que formas como ‘presidente’ e ‘intendente’ aplican solo a personas del sexo masculino, y han impuesto en estos casos el morfema -a como marcador de género femenino (‘presidenta’, ‘intendenta’).

Las inconsistencias de orden gramatical que hemos señalado tienen como causa fundamental la aplicación de patrones ideológicos a la interpretación de las estructuras lingüísticas, lo que determina que los cambios propuestos no solo carezcan de sustento teórico, sino que dificulten la interacción comunicativa, que es la finalidad primordial del  lenguaje. 

Las consideraciones que acabamos de formular se inscriben, ciertamente, en una concepción del lenguaje como hecho social, lo que supone reconocer que es tan dinámico y cambiante como la sociedad misma. El nivel lingüístico más permeable al cambio es, sin duda, el léxico, ya que constantemente se incorporan nuevas palabras que designan nuevos objetos o situaciones, mientras otras caen en desuso acompañando a sus referentes. Diferente es el caso de los cambios morfológicos, que suelen ser más graduales; esto puede constatarse si se estudia desde una perspectiva histórica la morfología del español, que se configuró en el paso del latín a la lengua romance, y se fue consolidando a través de los siglos. Por lo tanto, resulta al menos poco predictible que un cambio tan profundo como la reestructuración de la categoría de género pueda imponerse rápidamente por voluntad de un colectivo social.

Por otra parte, la discriminación de la mujer es básicamente un problema social y culturalmente condicionado. La creación, por motivos ideológicos, de formas ajenas al sistema gramatical, difícilmente contribuya a paliar la desigualdad de género; suponer lo contrario implicaría creer que las sociedades angloparlantes son menos discriminatorias porque en inglés los adjetivos no tienen variación genérica.

Hemos abordado aquí un tema sin duda controversial. Lo que proponemos es, simplemente, una reflexión basada en la importancia de fundamentar las innovaciones lingüísticas en un conocimiento de las estructuras y potencialidades comunicativas del lenguaje en uso. Y, finalmente, poner el foco en el hecho de que no es el lenguaje el que excluye y discrimina, sino sus usuarios, inscriptos en un determinado contexto sociocultural; el logro de la igualdad de género es, por cierto, un proceso social que trasciende y excede a la gramática de una lengua determinada.