Nuevos nombres para nuevas realidades

Sociedad 29 de septiembre de 2018 Por
(*) Miembro correspondiente de la Academia Argentina de Letras. Profesora honoraria de la Universidad Nacional de la Patagonia
Ana Virkel

El lenguaje es el instrumento primordial de la comunicación humana, y como tal, tiene la potencialidad de satisfacer las necesidades comunicativas de los hablantes. Por eso las lenguas evolucionan continuamente, reflejando el dinamismo de las sociedades a las que pertenecen sus usuarios. El cambio lingüístico es un complejo proceso condicionado por dos tipos de factores interrelacionados: los internos o propiamente sistémicos; y los extralingüísticos, es decir, los inherentes a los contextos socioculturales en los que se inscriben los usos lingüísticos. 

Dice Francisco Moreno Fernández (Principios de sociolingüística y Sociología del lenguaje, 1998:31): “Las variables extralingüísticas, especialmente las sociales, actúan allí donde la lengua lo permite, y no es casualidad que sea en el nivel léxico -el más periférico o superficial, el más sujeto a los vaivenes históricos, el de mayor carga simbólica- donde estas variables parecen revelarse como más determinantes.”

La frase que he resaltado es clave para la interpretación de los procesos de cambio, en la medida en que estos se enmarcan en el sistema de una lengua determinada, y se desarrollan en función de las posibilidades que ese sistema ofrece. De aquí las dificultades que conlleva tratar de imponer formas ajenas a la estructura gramatical del español, como desinencias en ‘e’, ‘x’ o ‘@’ con un supuesto valor genérico o inclusivo. Más allá de que tales intentos pudieran prosperar, no se puede ignorar que no se trata simplemente de cambiar una letra (la ‘o’) por otra (‘e’, ‘x’) o por un símbolo (‘@’); un cambio de ese tipo derivaría en una reestructuración profunda de la categoría de género, ya que no solo se modificaría la estructura binaria femenino-masculino en la que se inscriben desde los orígenes del español los sustantivos de persona y los adjetivos, sino que también deberían reconfigurarse el sistema de artículos y el sistema pronominal. 

Las consecuencias que acabamos de describir sintéticamente explican que los mismos hablantes perciban inconsistencias de orden gramatical al tratar de aplicar en la comunicación cotidiana las innovaciones lingüísticas orientadas a la creación de un tercer género. Distinto es el caso de los cambios que se producen en el nivel léxico, que, por ser más permeable, permite la incorporación de nuevas palabras, acompañando de este modo los cambios que se producen en la sociedad.

Un claro ejemplo es el campo léxico del género, que se ha expandido en las últimas décadas con términos que designan un amplio espectro de categorías, marcando el fin del modelo tradicional basado en la distinción binaria mujer / hombre. La cuestión de género irrumpe en el mundo contemporáneo como una problemática de importancia sustancial, y su correlato lingüístico es la necesidad de identificar, de nombrar, a los miembros de colectivos que poseen identidades diversas. 

Es importante recordar que la situación social de esos colectivos y las circunstancias sociopolíticas que los afectaron en el marco de distintas culturas y distintos períodos históricos han sido en gran medida ignoradas, e incluso ocultadas deliberadamente, hasta que, a partir de la década de 1970, comenzaron a visibilizarse. En el plano de la lengua, dicha visibilización se traduce, como acabamos de señalar, en la incorporación de una serie de términos que designan las nuevas categorías que integran el universo de las identidades de género.

¿Cuáles son las palabras que conforman actualmente el léxico de género? Algunas, que ya formaban parte del lenguaje corriente, suelen agruparse hoy bajo la sigla LGBT: ‘lesbiana’, ‘gay’; ‘bisexual’ y ‘transexual’ respectivamente; con respecto a la palabra ‘gay’, resulta pertinente especificar que es un préstamo del inglés convalidado por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, aunque tiene una variante patrimonial, ‘homosexual’. A este conjunto de términos se han sumado recientemente, entre otros, ‘transgénero’, ‘cisgénero’, ‘agénero’, ‘intersexual’, ‘pansexual’, ‘asexual’; se inscriben, asimismo, en esta área del vocabulario, el anglicismo ‘queer’, que designa a las personas que no adhieren a las clasificaciones de género, y unidades léxicas como ‘género fluido’, ‘chica /chico trans’, ‘mujer / hombre trans’. Aunque no me detendré en el análisis de los compuestos con ‘trans’, llama la atención el cambio de categoría morfológica de este constituyente, que siendo originalmente un prefijo, en los casos mencionados se pospone al sustantivo, adquiriendo valor adjetival.  

La enumeración realizada no pretende ser exhaustiva, sino simplemente dar cuenta de un conjunto de términos que se emplean habitualmente tanto en el habla cotidiana como en los medios de comunicación. Pero, más allá de que dichos términos posean actualmente una generalizada aceptación social, es fundamental subrayar que su incorporación al repertorio léxico del español está dentro de las posibilidades que brinda el sistema lingüístico vigente.       

Al abordar esta cuestión, no podemos obviar el hecho de que la diversidad de género, lejos de ser un fenómeno reciente, es probablemente tan antigua como la humanidad; a modo de ejemplo, podríamos mencionar la existencia en el imperio babilónico (aproximadamente año 1800 a.C.) de textos que refieren a relaciones lésbicas. Los testimonios más ilustrativos en relación con el tema datan de la Grecia clásica, donde la poeta Safo (630-560 a.C.), originaria de la isla de Lesbos, se constituye en una de las figuras históricamente más representativas; de aquí la etimología del término.

Más que del surgimiento de nuevas identidades, se trata, por lo tanto, de un profundo cambio social que marca el fin del paradigma binario basado en la antinomia mujer / hombre, y proyecta luz sobre una diversidad de categorías sobre las que pesaba el tabú lingüístico, concepto que puede resumirse en la premisa de que no existe lo que no se nombra. Desde esta perspectiva, generar nombres es uno de los mecanismos de que dispone la lengua para reflejar la eclosión de la problemática de género en el mundo actual.        

Una pregunta que sin duda interpela a la sociedad es si el lenguaje puede ser más inclusivo; a ella hemos tratado de responder mostrando cómo se han generado procesos de cambio léxico en el marco del sistema lingüístico en uso. Es decir que, en consonancia con nuevas realidades sociales donde se reconoce y se acepta la existencia de un amplio espectro identitario, el lenguaje se hace más inclusivo resignificando el uso de palabras ya existentes y creando otras para designar las diversas identidades que hoy integran el complejo universo de los géneros.