Jair Bolsonaro, el candidato brasileño que añora la dictadura militar

Argentina y el Mundo 07 de octubre de 2018 Por
Hace un año, muchos en Brasil consideraban descabellada su candidatura por sus declaraciones polémicas a favor de la dictadura, en contra de los afrobrasileños y despectivas hacia las mujeres. Ahora está a pocos pasos de la presidencia.
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En los últimos días de la divisiva contienda presidencial de Brasil, la mayoría de los trece candidatos hicieron campaña por todo el país, se enfrentaron en debates y se atacaron con anuncios propagandísticos en un intento desesperado por conseguir votos.

Sin embargo, Jair Bolsonaro, el candidato populista de extrema derecha que está a la cabeza en las encuestas, pasó buena parte del último trecho de la contienda en una cama de hospital, recuperándose de una puñalada mientras publicaba selfis y unos videos en los que lucía débil y aturdido. Aunque casi desapareció de la escena política, aumentó su ventaja: las encuestas sugieren que Bolsonaro quedará muy por encima de sus opositores en las elecciones del domingo.

Su éxito ha desafiado las leyes de la gravedad política. Hasta hace poco, Bolsonaro solo era un provocador ubicado en los márgenes del poder que logró poco como legislador durante siete periodos, pero dominó la escena mediática cuando se convirtió en un defensor de la dictadura militar y al lanzar ataques verbales contra mujeres, personas gays y afrobrasileñas, en un país donde la mayoría de la población no es blanca.


Hasta principios de agosto, ni siquiera tenía un compañero de fórmula porque a los partidos y a los políticos tradicionales les parecía tóxico.

Sin embargo, de manera muy similar a como pasó con el actual presidente estadounidense, Donald Trump, Bolsonaro ha sabido aprovechar el profundo resentimiento contra la clase política. Su figura canaliza el enojo de los brasileños ante los impactantes niveles de corrupción y delincuencia al presentarse como el único candidato lo suficientemente duro como para resolverlos.

“Los brasileños quieren un héroe”, dijo Daniel Machado, profesor de mercadotecnia política, en referencia a la promesa de Bolsonaro de tomar medidas radicales para arreglar su país.

Millones de electores ven sus posturas incendiarias —ha dicho, por ejemplo, que las mujeres son ignorantes, ha cuestionado que deban ganar el mismo sueldo que los varones y le dijo a una legisladora que era demasiado fea como para violarla— como las palabras honestas de un hombre que no teme decir ni hacer lo necesario.


Bolsonaro ha prometido enfrentar la violencia, que provocó una tasa récord de homicidios en 2016 con 62.517 víctimas, al facilitar el acceso a las armas y otorgarle a la policía mayor autoridad para matar. Hace poco, uno de los hijos del candidato publicó una fotografía en la que simulaba que torturaba a un opositor. El compañero de fórmula de Bolsonaro, un general jubilado, ha dicho que una intervención militar podría ser la única forma de depurar el corrupto sistema político del país.

“Necesitamos quebrar el sistema en su conjunto”, dijo Bolsonaro, de 63 años, en uno de los videos diarios que transmite por Facebook.

Hace un año, la mayoría de los comentaristas y personajes influyentes en Brasil consideraban que la candidatura de Bolsonaro era descabellada, pues lo veían como alguien demasiado incendiario para tomar las riendas de la cuarta democracia más grande del mundo. En ese entonces, algunos observadores y estrategas políticos veteranos pensaban que su atractivo menguaría cuando la campaña empezara de manera oficial, en agosto.

Después de todo, Bolsonaro también es el aspirante más denostado: tiene una tasa de rechazo del 45 por ciento entre los brasileños. No obstante, a medida que se acerca la primera vuelta electoral, los candidatos centristas con más financiamiento y redes de apoyo más sólidas han visto cómo sus bases electorales terminan por sumarse a Bolsonaro.

Su popularidad solo creció después de que fue apuñalado mientras sus seguidores lo llevaban en hombros durante un mitin político a principios de septiembre. El atacante declaró a la policía en el lugar de los hechos que estaba actuando conforme a “un mandato divino”, lo cual hizo que los investigadores pusieran en duda su salud mental. No obstante, el ataque favoreció el mensaje de Bolsonaro sobre la necesidad de aplicar mano dura en contra de la delincuencia, según sostienen los analistas.

Ahora que es el puntero declarado, algunos actores políticos poderosos —incluido el pastor evangélico y magnate televisivo Edir Macedo, la poderosa coalición agrícola en el Congreso y las élites enfocadas en la estabilidad de los mercados— han prometido apoyarlo.

Los detractores dicen que ven tendencias autoritarias en Bolsonaro, un capitán retirado del Ejército que ha prometido designar a generales para diversos cargos y quien ha hablado con admiración de la dictadura militar que gobernó Brasil de 1964 a 1985.

“Si nos tomamos en serio las cosas que Bolsonaro ha dicho en campaña, en mi opinión la democracia de Brasil corre un serio peligro”, comentó Lilia Schwarcz, una importante escritora e historiadora brasileña, catedrática de la Universidad de São Paulo.


No obstante, muchos de los que respaldan a este candidato argumentan que votarlo es la única forma de derrotar a la presencia más poderosa y corrupta de la escena política brasileña en los años recientes, el Partido de los Trabajadores (PT), un movimiento de izquierda que gobernó el país de 2003 a 2016.


Al inicio de la contienda presidencial, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, un carismático trabajador metalúrgico y miembro fundador del PT, estuvo a la cabeza por un amplio margen. Muchos brasileños, en especial los sectores populares y la clase trabajadora del país, donde reina una profunda desigualdad, se identificaban con Lula en lo personal y anhelaban la prosperidad que vivieron durante su mandato. Dejó la presidencia en 2011 con índices de aprobación históricos.


Desde entonces, el rechazo al partido ha crecido. Durante la gestión de la sucesora de Lula, Dilma Rousseff, el país cayó en la recesión más profunda de su historia y Rousseff fue sometida a un juicio político en 2016 por presuntamente ocultar un déficit presupuestario.

Después Lula —al igual que la mayoría de los políticos importantes de Brasil— se vio envuelto en la extensa investigación llamada Lava Jato, sobre la corrupción que se produjo mientras estuvo en el poder. Después de ser sentenciado a doce años en prisión por corrupción y lavado de dinero, los tribunales dictaminaron que no era elegible para ser candidato.

Así que a menos de un mes de las elecciones, el PT nombró como su candidato a Fernando Haddad, de 55 años y quien fuera ministro de Educación y exalcalde de São Paulo, con la idea de que lo apoyaría la base electoral de Lula. Resultó ser una estrategia efectiva y Haddad, un economista, abogado y profesor de historia con poco reconocimiento nacional, se ubica en el segundo lugar en las encuestas.

La competencia entre Bolsonaro y Haddad ha evidenciado una amarga división social en Brasil, la cual se ha profundizado en años recientes por los infortunios económicos y el desencanto público ante las corruptelas que afectaron a buena parte de la élite política y empresarial.


Mientras sus enemigos consideran una posible presidencia de Bolsonaro como potencialmente catastrófica para la joven democracia del país, sus seguidores advierten que el regreso del Partido de los Trabajadores al poder pondría a Brasil en el mismo camino ruinoso de Venezuela.

“Viví los años de la dictadura y ni siquiera entonces fui testigo de tanto odio, tanta división, tanta agresión”, afirmó Clara Strauss, de 79 años, durante una manifestación reciente contra Bolsonaro. “No es característico de los brasileños”.

Casi el 77 por ciento de los encuestados consideran que su actual gobierno es muy corrupto, según una encuesta de Gallup que se divulgó a principios de octubre. El sondeo, en el que participaron mil personas y que tiene un margen de error del 3,6 por ciento, reveló que los brasileños dudan profundamente de la integridad del sistema electoral, y solo un 14 por ciento dice creer que las elecciones son honestas.

Los brasileños no solo desconfían de los políticos. Al igual que Trump, Bolsonaro ha sembrado escepticismo y por momentos una hostilidad abierta hacia la prensa; ha descartado reportajes críticos —incluidas investigaciones sobre su patrimonio inmobiliario y un divorcio caótico— con la aseveración de que son “noticias falsas”. Esta estrategia ha resonado en muchos brasileños que consideran que las grandes organizaciones noticiosas están en contubernio con la élite gobernante.


Karine Neder, de 45 años, diseñadora de interiores de Belo Horizonte, la capital del estado de Minas Gerais, mencionó que había comenzado a inclinarse por Bolsonaro a medida que la cobertura sobre él se volvió cada vez más negativa en meses recientes. Se volvió una ferviente admiradora cuando Bolsonaro prometió tomar medidas drásticas para restablecer la seguridad, como sentencias de prisión más estrictas.

“Vivimos en un país donde no se pueden ver las noticias nacionales por la noche sin tener miedo de ir a trabajar al día siguiente”, dijo después de asistir a un mitin del candidato en Río de Janeiro.

Aunque sus rivales gozan de un tiempo al aire considerablemente mayor en televisión —mismo que se asigna según el tamaño del partido— y gastaron una cantidad considerable en comerciales más pulidos, Bolsonaro probó ser muy adepto al uso de Facebook, Twitter, Instagram y YouTube para alcanzar al electorado.

“Tenía el tiempo y este nuevo espacio sin restricciones para ocupar la imaginación colectiva”, dijo Machado, el profesor de mercadotecnia política.

Los fanáticos de Bolsonaro crearon cientos de grupos en la aplicación de mensajes WhatsApp, que se ha convertido en un canal enorme para diseminar información falsa en elecciones latinoamericanas.


Bolsonaro es considerado un conservador debido a su estrategia de mano dura en materia de seguridad, su oposición acérrima al derecho al aborto y su desprecio hacia el tipo de iniciativas políticas que el PT implementó para intentar acabar con la marcada desigualdad en Brasil.

No obstante, sigue sin saberse con claridad cómo dirigirá la economía, que es la octava más grande del mundo.

Bolsonaro y sus suplentes han dado pocos detalles sobre sus posibles políticas públicas y han respaldado posturas contradictorias en temas centrales como, por ejemplo, si las grandes empresas deben privatizarse.

El plan de acción en cuanto a las políticas públicas en la página de internet de su campaña tiene muchos signos de exclamación aunque escasea en detalles. “Nuestra estrategia será adoptar las mismas acciones que funcionaron en países que están en auge, con empleos, una inflación baja, salarios para los trabajadores y oportunidades para todos”, proclama el documento que detalla sus políticas.

Bolsonaro ha reaccionado con exasperación cuando los entrevistadores lo han presionado para que explique con mayor detalle cómo manejaría la economía, que apenas está saliendo de la recesión.

“Soy un capitán de artillería”, vociferó durante una revista televisada en la cadena Globo News. “¿Por qué hablaría de la economía?”.

Muchos expertos consideran que no está preparado para enfrentar desafíos complejos que en última instancia necesitarán atenderse, incluidas las pensiones y la reforma fiscal.

“El Ejército tenía un plan cuando tomó el poder en 1964 y estableció una dictadura”, dijo Heloísa Starling, historiadora de la Universidad Federal de Minas Gerais. “Tal vez hayamos estado en desacuerdo con ese plan, pero lo tenían. Él no tiene un plan para el país”.

Eso no ha perturbado a los inversionistas. Tienen fe en que Paulo Guedes, un economista graduado de la Universidad de Chicago que Bolsonaro ha dicho que nombraría como su ministro de Finanzas, implementará reformas amigables con el mercado y controlará el gasto social que creció con el Partido de los Trabajadores. A medida que Bolsonaro ha subido en las encuestas, los mercados han repuntado, y las acciones y la moneda, el real, se han recuperado.

Ahora que la victoria de Bolsonaro parece cada vez más probable, los opositores apasionados han hecho campaña en línea y en las calles con el lema #EleNão (Él no). Sin embargo, esas manifestaciones no han menguado su apoyo, lo cual ha decepcionado a muchos brasileños.

“Solíamos pensar que los derechos que se habían conquistado eran derechos que se habían consolidado”, mencionó Schwarcz, la historiadora. “He llegado a la conclusión de que fuimos unos tontos. Debemos seguir luchando por ellos”.