¿Qué hace de Gustavo Dudamel un director de orquesta superestrella?

Arte y Espectáculos 04 de noviembre de 2018 Por
El venezolano a cargo de la Filarmónica de Los Ángeles ha sido llamado niño prodigio y mago casi tan frecuentemente como algunos en su país natal lo acusan de ignorar la situación ahí. Pero ¿no es suficiente que nos conmueva con su música?
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A principios de este año, ya entrada la tarde, Gustavo Adolfo Dudamel Ramírez se subió al escenario en el Barbican Center de Londres para entrar al mundo de la belleza superior. Levantó la batuta y 218 músicos, sus compañeros elegidos para el viaje que estaba a punto de emprender, alzaron la mirada hacia él.

No tantas personas creen en la belleza superior en estos días, pero Dudamel, director de orquesta de la Filarmónica de Los Ángeles, es un firme creyente. También cree en la verdad y en la alegría —sobre todo en la alegría—, así como en la hermandad y en la libertad del espíritu humano. Adondequiera que vaya, lleva consigo una copia desgastada de Las confesiones de Rousseau y otra maltratada de Así habló Zaratustra, libros con los que carga desde que era joven en Venezuela. Ahora él y su orquesta, junto con el coro de la Orquesta Sinfónica de Londres, estaban a punto de practicar una de las expresiones más puras de los ideales que le parecen más conmovedores: el movimiento final de la Novena Sinfonía de Beethoven, la Oda a la alegría.


Dudamel ha sido el director musical de la Filarmónica durante casi una década, desde que lo contrataron como el niño prodigio de 28 años venido de Caracas. Se ha vuelto uno de los directores de orquesta más famosos del mundo, renombrado por la energía que aporta a las presentaciones en vivo; lo han llamado el salvador de la música clásica tan a menudo que hay un grupo malhumorado de críticos de la música clásica dedicado a probar que no lo es. A sus 37 años, se nota que su famoso cabello — los rizos negros y ligeros que han quedado plasmados en afiches y vallas publicitarias en todo el mundo— está comenzando a volverse cano, pero él estaba vestido de manera jovial, con una camiseta oscura, pantalones de mezclilla marca Levi’s y zapatos deportivos Chuck Taylor. Solo era un ensayo, así que todos los músicos llevaban ropa casual; las camisas almidonadas y los vestidos negros eran para la noche.

La punta de la batuta de Dudamel se zambulló. ¡BUM, BADADA-DUM! Los timbales rugieron en el auditorio vacío. Después se escucharon los instrumentos de cuerda y viento, vibrantes, como la lluvia que cae diagonalmente, con los que Beethoven conjura el caos y la desesperación máximos antes de que el bajo solista del coro de pronto hace su entrada, cantando:

O Freunde! Nicht diese Töne!
Sondern lasst uns angenehmere anstimmen, und freudenvollere.

Es decir:

¡Oh, amigos, cesad esos ásperos cantos!
Entonemos otros más agradables y llenos de alegría.


Hoy en día, cuando Dudamel dirige a una orquesta, siente un fantasma detrás de él. Se trata del fantasma de su mentor, el director y profesor venezolano José Antonio Abreu, quien le dio tanto su entrenamiento musical como su filosofía de vida, y quien había muerto semanas atrás, en marzo, a los 78 años.

Aunque estos músicos habían interpretado la Novena Sinfoníaincontables veces, y Dudamel simplemente estaba afinándolo todo, recordó lo que le enseñó Abreu: cada oportunidad para hacer música es una ocasión para mejorar el mundo, y cada encuentro con la belleza debe tomarse en serio. Así que, una y otra vez, le pidió a la orquesta que se detuviera. “Debemos salir de la rutina de la música y traer el sentimiento de regreso”, les dijo. “Debemos creer en el texto. Freude, Freude!”, cantó: ¡Alegría, alegría! “¡Debemos terminar abrazándonos todos!”.

Dudamel usa mucho la palabra “magia” cuando habla de la música. Lo que presencié durante ese ensayo de Beethoven fue mágico. El conductor movió sus manos en el aire como si fuera una persona que describía el océano y las cuerdas se derritieron en el oleaje.

Cuando todo se une así, cuando cientos de personas trabajan como una sola para crear algo tan especial, sabe que tiene razón en creer en las enseñanzas del maestro Abreu. Lo que puede sonar ingenuo y superficial en las épocas difíciles en realidad es fundamental. La música puede unir al mundo. La esperanza de la libertad humana vive en el arte. El mundo cambiará —eso lo cree sinceramente— si la gente tan solo presta atención.

Gustavo Dudamel, famoso, guapo y rico, vive como si quisiera refutar la afamada máxima de Rousseau sobre la felicidad. El filósofo dijo que perdemos nuestra felicidad en cuanto la obtenemos. Nos sentimos felices, escribió, cuando vamos tras lo que deseamos; sin embargo, obtenerlo nos deja insatisfechos. Así, somos “heureux qu’avant d’être heureux”, felices solo antes de serlo.

En Los Ángeles, Dudamel conduce a una de las orquestas mejor pagadas, mejor recibidas por la crítica y más estables financieramente de Estados Unidos. El sueldo base para un músico de la Filarmónica es de más de 150.000 dólares, y el músico principal gana 500.000 dólares o más; el salario de Dudamel es de poco más de 3 millones de dólares al año. La orquesta reportó ingresos de 141 millones de dólares en sus declaraciones fiscales de 2016 y 170 millones de dólares el año anterior. Dudamel trabaja en uno de los grandes palacios de música del mundo, el Walt Disney Concert Hall, un edificio brillante y plateado con una explosión de colores, diseñado por su amigo cercano Frank Gehry.

Recordó lo que le enseñó Abreu: cada oportunidad para hacer música es una ocasión para mejorar el mundo.
Muchos directores de orquesta consideran que el papel que desempeñan es explícitamente político. Daniel Barenboim organiza campañas para defender los derechos de los palestinos; Tom Wolfe se burló célebremente de Leonard Bernstein en su ensayo Radical Chic por organizar una recaudación de fondos para las Panteras Negras en su apartamento. El enfoque de Dudamel es más cauteloso. Una parte central de su mensaje es que la música no es ideológica. Es una manera de “construir puentes”, cree él, un lenguaje “para todos”. El peligro del pensamiento ideológico siente que es: “Quedas atrapado en uno u otro lado, y no queremos eso. No creo en eso. No creo en que es una cosa o la otra. Creo en la gente a la que veo”.

 
Hay críticos, sobre todo en Venezuela, que dicen que su optimismo es inmaduro. Su país natal está sufriendo una terrible crisis económica y social. El énfasis del director en la unidad por encima de la ideología, a decir de sus críticos, es irresponsable ante un desastre así, una manera de justificar su vida en la alcurnia de California mientras se muestra incapaz de ofrecer una postura significativa de resistencia respecto del régimen cada vez más autoritario de Nicolás Maduro.

Aunque quienes lo aman no tardan en defenderlo. Su buen amigo Alejandro González Iñárritu, el cineasta mexicano ganador del Oscar, señala que no se espera que ningún artista estadounidense hable en nombre de todo Estados Unidos. Entonces, ¿por qué sería justo pedirle a Dudamel que haga lo mismo por Venezuela? Además, sí ha criticado a Maduro; escribió un artículo de opinión en The New York Times apenas el año pasado para acusar al régimen de violar la Constitución venezolana. El gobierno respondió con la cancelación de una de sus giras. Cuando sientes la presión de ser la voz de todo un país, dice Iñárritu, “el peso puede ser devastador. Y creo que a él no han podido destruirlo”.

Dudamel está consciente de lo que dicen sobre él algunas personas. Intenta no prestarles atención. “La gente siempre critica”, comenta. “La gente siempre crea historias. Si les sigues el juego, dejas de vivir, ya no tienes vida”.


La primera vez que Dudamel subió al podio del director, a los 11 o 12 años, lo hizo de broma. Sus padres eran músicos. Su padre, Óscar, tocaba el trombón en una banda de salsa, y su madre, Solange (le decían Sol), daba clases de canto. De pequeño, acomodaba sus muñecos de Fisher-Price como si estuvieran en una orquesta y después ponía discos de música clásica en el reproductor y los dirigía.

Sin embargo, ese primer día, solo estaba jugando. Fue en Barquisimeto, su ciudad natal y capital del estado de Lara, al noroeste de Venezuela. El profesor no asistió a su clase de orquesta, así que Dudamel se levantó de su asiento en la sección de violines y fingió dirigir el ensayo. Sus amigos se rieron, pero entonces sucedió algo que nadie pudo explicar. Cambió el ambiente de la sala. Le pidió a la clase que tocara un pasaje, y descubrió que dirigir la música allá arriba le resultaba perfectamente natural.

La clase tuvo lugar en un núcleo, un centro comunitario de música administrado por una iniciativa patrocinada por el gobierno que ofrecía entrenamiento gratuito de música clásica para los niños después de la escuela. Se conoce formalmente como Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela, pero nadie le dice así. En toda Venezuela, y en los cientos de lugares en todo el mundo donde ha inspirado programas similares, se le conoce simplemente como El Sistema.

El Sistema es legendario en Venezuela. No hay manera de hablar de Gustavo Dudamel, su fruto más famoso, sin tocar el tema de las maneras en que El Sistema influyó en él o los aspectos en que lo moldeó su director, Abreu.

Actualmente, incluso en medio del colapso social, El Sistema llega a más de 500.000 estudiantes en cientos de núcleos en todo el país. Es la institución más importante de la música clásica en Venezuela, por no decir de la cultura venezolana. Ha dado lugar a incontables imitadores —hay casi doscientos programas inspirados en El Sistema tan solo en Estados Unidos— así como libros, documentales y estudios académicos.


Lo genial del programa era la facilidad con que podía expandirse. Todo era voluntario. Cualquiera podía unirse. Hay una idea errónea persistente afuera de Venezuela de que El Sistema se dirige exclusivamente a la gente pobre. De hecho, no rechazan a ningún joven. Ve, consigue un instrumento y participa. Cualquiera que quisiera ir a una clase podía hacerlo y cualquiera que viniera podría terminar por enseñar y casi cualquiera que enseñaba podía comenzar un núcleo. A los estudiantes que ya habían sido parte del programa durante algún tiempo los ponían a trabajar con estudiantes más jóvenes. Después, cuando se mudaran de Caracas a nuevos pueblos o ciudades, podrían pensar: “Esto podría funcionar aquí también”. Se reproducía solo.

Casi veinte años después de empezar su experimento, Abreu se enteró de un joven talento llamado Gustavo Dudamel, que había deslumbrado a todos en el núcleo de Barquisimeto. Abreu, él mismo de esa ciudad, decidió volver a ese joven un gran director.

Fue un respaldo de suma importancia, porque aunque prácticamente cualquier niño puede llegar a tener acceso a las artes, la historia demuestra que el mundo es una tumba de genios desaprovechados. Imagínense todos los poemas, las canciones, las pinturas que podrían haber surgido si tan solo más personas hubieran tenido acceso a las herramientas para crearlos; si las mujeres pudieran haber explorado más su creatividad en vez de que se les reprimiera durante tanto tiempo o si los niños de escasos recursos siempre aprendieran a leer. Las sinfonías que nunca pudimos escuchar quizá sean más grandiosas que las que existen.

Dudamel era de esa clase de personas que no suelen volverse grandes directores porque no se les incentiva a acercarse al estudio y capacitación que se requiere. Sin duda Abreu sabía eso. “Es lo que el maestro Abreu nos enseñó”, dice Dudamel. “A ser visionarios. A no pensar en este momento, sino levantar la mirada y ver hacia allá, ¿sabes? Años adelante”.


¿Qué hace grandioso a un director de orquesta? Cuando la gente observaba a Dudamel de joven y se quedaba sin aliento —como lo hizo Deborah Borda, la presidenta de la orquesta que escuchó sobre su talento y terminó por traerlo a Los Ángeles— ¿qué estaba viendo?

Desde luego, está el elemento físico: la capacidad de comunicar el ritmo, el flujo, la textura y los ambientes cambiantes de una pieza musical a través de un conjunto de gestos tradicionales (pero adaptados libremente). Dirigir es una suerte de baile extraño y proactivo. No mueves tu cuerpo en respuesta a la música, sino anticipándola. Necesitas un sentido perfecto del ritmo; poco importa de otro modo si tienes las muñecas más fluidas del mundo.

También se necesita una inteligencia analítica para descifrar la estructura de una pieza, para determinar cómo encajan todas sus partes. Eso implica que debes ser capaz de escuchar la música antes de que se toque una sola nota. De alguna manera irreduciblemente misteriosa, tu filosofía y tu técnica deben convertir los puntos de la página en una interpretación que les comunique algo a los escuchas. Debes imaginar la música significativamente.

“Digo… yo puedo leer partituras y música”, dice el director venezolano Alberto Arvelo, quien se volvió amigo de Dudamel durante el rodaje de un documental sobre El Sistema, en 2006. “Pero se me complica. Tienes que revisarlo y decir: ‘OK, esto es un sol, do, re, lo que sea’. Pero él puede escucharlo mientras lee. Cuando lo vi entendí que estaba frente a alguien completamente poseído por la música. De cierto modo, le pertenece más a la música que a sí mismo”.

El don de la comunicación es aún más misterioso. ¿Cómo transmites tu entendimiento de una obra al grupo de músicos cuya presentación de esa pieza hará que cobre vida? Los músicos que trabajan con Dudamel tienden a decir que nada evidente ni grandilocuente lo distingue de otros directores; es una acumulación de pequeños momentos. Cómo les habla. Cómo los escucha.

Después viene el atributo más misterioso de todos: el control de la audiencia. El poder de conmover.


A Dudamel no le gusta pensar en envejecer o en las maneras en que ha cambiado. Podría decirse que ha pasado toda su carrera como una suerte de niño precoz —era un prodigio, después un genio, un pupilo, un buen hijo, un niño de oro— y esa vida ahora lo ha puesto en un punto donde tendrá que decidir cómo lucirá su adultez.

Sin embargo, Dudamel no lo ve así. Desde su perspectiva, la vida es una serie de momentos que coinciden invisiblemente y él ha vivido cada uno tan sinceramente como ha podido. “Mi sendero ha sido muy natural”, dice. Todas sus experiencias lo han traído a este momento, al lugar donde se siente tan feliz. ¿Por qué dibujaría límites? Cada día es nuevo.

Ese día en mayo estaba sentado en su oficina, más o menos una hora antes del concierto final de la temporada de la Filarmónica. Martín, su hijo de 7 años, estaba oculto detrás de su escritorio mientras jugaba Minecraft en la iMac. Afuera de la puerta, el asistente de Dudamel, Ebner Sobalvarro, un joven con la cabeza rasurada y anteojos sin armazón, estaba sentado en su propio escritorio, saludando a los músicos que pasaban con los estuches de sus instrumentos. Un oboísta estaba calentando en el pasillo. Una soprano cantaba escalas.

¿Cómo lidiar durante tanto tiempo con toda esta belleza, cuando gran parte del mundo no es bello, no puede serlo? Lo entristecía, dijo, muchísimo, ver el sufrimiento en el mundo, el hambre, la miseria en Venezuela. “Es muy complejo y muy malo”, señaló el director.

El Sistema considera que la música es una fuente de cambios sociales, pero para sobrevivir en la actualidad, el programa depende de la buena voluntad de un gobierno denunciado de autoritario; por eso quizá Dudamel se muestra renuente a hablar explícitamente de política. Cuanto más política sea su postura, más pone en riesgo su movimiento social.

No obstante, está seguro de que está en lo correcto al creer en el optimismo por encima de la ideología. Si tan solo la gente pudiera escucharse entre sí. Cree que el malestar —el descontento en Venezuela, la agitación en Estados Unidos— puede ser una oportunidad para que tomen forma nuevos entendimientos. Lo esencial, cree, no es que gane un bando o el otro, sino que la gente se una. ¡Entonemos sonidos más agradables y llenos de alegría!

Pero ¿qué pasa si evitar la ideología solo ayuda a la gente que abusa de su poder?, le pregunté. ¿Acaso hay una línea más allá de la cual la única respuesta posible es la resistencia?

“Creo en la gente”, dijo con delicadeza. “A veces me entristece. Me desespero, pero, al mismo tiempo, pongo todo eso en, no sé… en el músculo, o en esta parte optimista de mi alma, y veo que las cosas pueden mejorar”.

Intentó recordar una cita que le gusta sobre la alegría y la democracia. Se levantó para preguntarle a Ebner, su asistente.

“La democracia tiene que ser la suma… ¿Cómo va?”.

“La suma de la felicidad de pueblo”, le respondió el asistente.

“Eso. La democracia”, dijo Dudamel, con una sonrisa.

FUENTE: NYT