Cómo rechazar las invitaciones de tus amigos

Sociedad 25 de noviembre de 2018 Por
Cuando te invitan a una fiesta no siempre puedes asistir o simplemente no quieres ir y eso está bien; sin embargo, vivimos en una sociedad que nos enseña que decir “No” es grosero y poco considerado. Te damos algunos consejos para rechazar invitaciones sin herir susceptibilidades.
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Disfrutamos del caos. ¿Qué te está deteniendo? ¡Di sí! El progreso se asocia con una puerta abierta, con aceptar una invitación, con salir al mundo. Y también con frases como “Al final, todo saldrá bien”, “Todo se acomodará” y “Cuando se quiere, se puede”.

En las redes sociales observamos fotografías de fiestas para ver quién fue y quién no. El internet ha abierto una bitácora siempre presente de adecuaciones sociales, de amistades que parecen asociaciones de marcas, de que una noche de diversión dependa de si estuviste o no en la fiesta. Sin embargo, ¿cómo sería tu vida si te hubieras quedado en casa?

Aunado a eso está la idea de que mezclamos completamente los negocios y la vida privada. Al confundir la labor ardua con el autosacrificio, descuidamos el equilibrio entre el trabajo y la vida personal con el fin de sobrevivir.

No obstante, ¿por qué no idealizamos nuestra preservación? Los mismos cuestionamientos sobre las probabilidades y la fugacidad del destino también se encuentran del otro lado de la moneda. ¿Qué habría pasado si estuviéramos más descansados, si nuestra energía estuviera mejor preservada, si gestionáramos nuestro tiempo y habláramos sin rodeos? Rara vez charlamos sobre si dormimos ocho horas o no con la misma culpa que cuando abordamos el tema de si asistimos o no a una fiesta, aunque la falta de sueño evite que el cerebro recuerde información, cree nuevos recuerdos y sustente el bienestar emocional, de acuerdo con Matthew Walker, experto en el sueño.

Estamos hablando de los tragos para celebrar, las citas para ir a tomar café y las fiestas que pueden remordernos la conciencia, haciéndonos sentir obligados y culpables, pero se basan en la noción de que son actividades de ocio totalmente placenteras y opcionales. ¡Incluso restauradoras! Un mundo distinto de las bodas, los funerales, las visitas al hospital y los emblemáticos cumpleaños en los que se basan las relaciones afectuosas y compasivas.

Sin embargo, es difícil decir no. De niña, me juré que jamás diría no. ¿Que no está muy mal eso? Sentía que si de verdad lo intentaba, podría vivir mi vida sin decir esa mala palabra. Pensaba que decir “No” era la señal de una deficiencia moral, de no ser buen colega. Creía que, para contribuir, debes complacer a los demás. Hasta la fecha, sigo luchando contra ese instinto.

El primer paso para resolver cualquier cosa es entender qué rayos está pasando, así que consulté al lingüista Daniel Harris, profesor adjunto de Filosofía en Hunter College, con el fin de tener una perspectiva más amplia sobre la comunicación y saber por qué puede ser tan difícil decir que no.

Harris mencionó el libro Politeness: Some Universals in Language Usage y explicó que algo por lo que todos se preocupan universalmente es de “que no les pierdan el respeto”. Dicho de manera sencilla, mantenemos un código de amabilidad —nos tratamos gentilmente, hacemos preguntas en vez de exigir cosas y nos damos alternativas para no aceptar— como señal de respeto para reconocer y fomentar la identidad del otro y lo que es importante para nosotros.

Así en la tierra como en el cielo, los sentimientos que surjan en conversaciones más pequeñas y fastidiosas pueden reflejar a menudo las dificultades más grandes en facetas más importantes de tu vida. Así que, si el “no” son como los rápidos de un río, rechazar la invitación a una fiesta es una bahía más tranquila. Es una situación hermanada con explicarles a tus colegas que no tendrás tiempo de terminar un pendiente. Rechazar una invitación es el ejercicio fundacional, un empujoncito para inspirar cambios más relevantes en tu vida, para ejercitar tu capacidad de rendirte cuentas a ti mismo.

En cuanto sepas qué prefieres —o si te sientes ambivalente de manera permanente— averigua si necesitas ir. Es una cuestión de equilibrio: el peso de un cumpleaños importante difiere de la de otra salida más de jueves por la noche. Estar con las personas que amamos, y también con las que quizá no amamos pero con las que compartimos una vida, a menudo es más relevante que hacer lo que queramos. ¡Esta no es una excusa para ser un mal amigo! Decir “No” tampoco implica tirar a la basura todas nuestras relaciones, sino encontrar nuestros límites y la frontera que, si se cruza, nos haría sentir rebasados y como si debiéramos ponernos al corriente.

No obstante, una vez que trabajas lo suficiente para llegar a esa respuesta mágica (“No”), la diversión comienza: ¡a crear estrategias!

Sé honesto

La regla de oro para decir “No” es ser tan honesto como sea posible mientras sigas dentro de tus fronteras, conociendo tus límites y haciéndote responsable. ¿Sabías que los médicos solían mentir a los pacientes terminales cuando sus diagnósticos eran demasiado desalentadores? Esto cambió con el concepto de los cuidados paliativos, una forma de respeto y cuidado al paciente, en lugar de la deshonestidad y la farsa. Ten en cuenta esto y recuerda que no eres responsable de la realidad ni de la actuación de todos en el gran espectáculo de tu vida. Ellos tienen tanto derecho a la realidad como tú. Además, ¿no te alivia que no tienes que decir a alguien que tiene un cáncer inoperable u ofrecer una evaluación médica desfavorable? No dejes volar tu mente y recuerda que simplemente estás rechazando una invitación.

Sé ambiguo

A veces es mucho más extraño vivir apegados a las normas formales que nos han obligado a seguir, como despedirse de todos en una fiesta. En realidad, todo el asunto es muy raro e incómodo cuando prácticamente organizas un pequeño funeral en memoria de la noche que se acaba con todas las personas que conoces, como si tu presencia fuera tan importante para la reunión.

Quizá no necesitas dar explicaciones en absoluto y no tienes que responder ni explicar. Esto es especialmente relevante respecto de las grandes fiestas, las juergas, las fiestas sexuales, los talleres para saber qué hacer de tu vida y casi cualquier cosa que organicen tus conocidos.

Permítete hablar con ambigüedad porque, aunque tu carga de conciencia te urja a confesar todos tus pecados o cualquier momento traumáticamente vergonzoso de 2003 que se haya convertido en la razón por la que no puedes ir a un cumpleaños en un karaoke, nadie necesita escuchar la novela de tu vida. Así que, a menos que se trate de tu mejor amigo o de alguien con un gran nivel de intimidad (por lo que deberían entenderte), tan solo di algo como “No es un buen momento”, “Algo surgió”, “Tengo pendientes” o “No me siento con ganas de salir esta noche”. No tienes que contar toda la verdad, pero sí debes ser sincero, porque no somos monstruos.

Simplemente, no vayas

Aceptar la invitación y al final no ir es una herramienta útil, aunque grosera, reservada para los más valientes o los más desconsiderados o descorazonados. En el mejor de los casos, te libras de los interrogatorios, aunque se den cuenta de que no fuiste, y se pregunten si fue a propósito o no, si los odias y si eres un mentiroso (lo eres). Esa es la opción más caótica, pues el resultado depende de los caprichos fortuitos que esa persona usa para afrontar la realidad y las inseguridades y, si se van al otro extremo, quizá piensen que ahora son tus enemigos. En el peor de los casos, podrían confrontarte y tendrías que decir la verdad, y usar la honestidad brutal o una mentira inocente.

Miente

No es muy recomendable mentir. Sin embargo, hay ocasiones en las que echas un volado y debes elegir la opción menos aconsejable para ver qué tan mala es en tu vida, lo cual a veces puede ser emocionante. Es una actitud autodestructiva. O es tu mejor estrategia porque estás lidiando con una situación difícil como cuando tu jefe te exige algo imposible o cuando se trata de una persona irracional que debes satisfacer. En ese contexto, asegúrate de no incriminarte en las redes sociales.

Hay cosas sobre las que no podemos ser muy honestos, tanto para reservarnos nuestras opiniones como por la manera en que se perciben. No es una gran idea ventilar en público los problemas de salud como padecimientos graves, las enfermedades mentales o la sobriedad de alguien.

Conviértelo en su problema

Ese es el momento en el que podrías disculparte demasiado o crear ficciones sobre lo terrible que te sientes, lo cual obliga a los demás a consolarte y dejarte en paz. ¡Es manipulador! Y tampoco es aconsejable. Harris menciona el principio de cooperación del filósofo Paul Grice, el cual dice que no solo nos impulsa nuestro interés de llevarnos bien, sino también el hecho de que todas las conversaciones dependen de nuestra suposición de que el otro participante actúa de buena fe. En términos prácticos, esto implica permanecer en el mundo compartido de la otra persona, la parte media del diagrama de Venn de sus vidas. Intenta usar palabras e ideas que ellos entiendan y compartan, lo cual permitirá que se acerquen más, a diferencia de otras frases demasiado informales (“Tengo una fecha de entrega” en vez de “Estoy atorado con el trabajo”, aunque quizá ellos también tienen un plazo límite).

Pánico y manía

En la gran gama de las emociones humanas, no debemos olvidar el pánico y la manía. Si vamos a respetar y alabar nuestros momentos más racionales, hagamos lo mismo con el panorama salvaje y vasto de los reflejos irracionales. En situaciones de peligro o miedo mortales, el cuerpo reacciona de manera instintiva. Déjate llevar, quizá te librarás más fácilmente de la situación si la abordas con una forma de comunicación equilibrada. Deja que la adrenalina te arrastre, adopta tu estado de alerta y ve qué sucede. Canaliza tu peor miedo, como rescatar a un perro que se enfrenta a una puerta giratoria peligrosa o a un auto que va a toda velocidad. Siente esa necesidad animal de permitir que la otra persona sepa que nadie se aprovechará de ti y sabes lo que es importante: salvarte.

FUENTE: NYT