
El mecanismo que prevé la Constitución para remover al Presidente no es golpista ni antidemocrático: nació en la Convención de Filadelfia, de la mano de quienes sostenían que el poder debía controlarse y que el pueblo también podía equivocarse. En la Argentina, las mayorías que exige lo volvieron históricamente casi inaplicable.
Artículo de opinión, por Mario Bensimón (*)

































