Representantes de nadie

La distancia entre dirigentes y ciudadanos ya no se mide en votos sino en experiencias que dejaron de compartirse. Carreras hechas puertas adentro del Estado, partidos reducidos a sellos y una política que habla para la cámara explican el desencanto. Pero la otra mitad del problema está del lado de quienes dejamos vacío el lugar.
Artículo de opinión, por Julián Arregui (*)
Opinión19 de septiembre de 2026RedacciónRedacción
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Hay una escena que se repite en cualquier sobremesa, en cualquier cola de supermercado, en cualquier grupo de WhatsApp: alguien menciona a "los políticos" y nadie pregunta cuáles. No hace falta. El plural alcanza, porque hace rato que la palabra dejó de nombrar a personas con ideas distintas y pasó a nombrar a una categoría aparte, una especie que vive en otro lado, habla otro idioma y tiene otros problemas. Esa es, en el fondo, la crisis de representatividad: no que los votemos con bronca, sino que ya no nos reconozcamos en ellos.

Representar significa, literalmente, volver a hacer presente a alguien que no está. El diputado está en la banca porque yo no puedo estar. Su voz es la mía, prestada. Pero para que ese préstamo funcione tiene que haber algo en común entre los dos: una experiencia compartida, un lenguaje, una idea aproximada de cuánto cuesta el kilo de pan o cuánto se espera un turno en el hospital. Cuando ese hilo se corta, el representante sigue ocupando la banca, pero ya no hace presente a nadie. Se representa a sí mismo, a su espacio, a su carrera.

Las causas son varias y conviene no simplificarlas. La primera es la profesionalización extrema de la política. Hubo un tiempo en que al cargo se llegaba desde algún lado: desde el gremio, la cooperativa, el consultorio, el aula, el comercio. Hoy abundan las trayectorias que empiezan y terminan dentro del Estado, de asesor a concejal, de concejal a diputado, de diputado a funcionario, sin haber pasado nunca por la intemperie de pagar sueldos o de cobrarlos a fin de mes con el corazón en la boca. No es un pecado, pero tiene consecuencias: quien nunca vivió fuera del sistema termina creyendo que los problemas del sistema son los problemas del país.

La segunda causa es el vaciamiento de los partidos. Los partidos eran, con todos sus vicios, una escuela y un filtro. Formaban cuadros, discutían programas, obligaban a rendir cuentas ante los propios. Hoy son, en buena medida, sellos que se alquilan para una elección y frentes que se arman y se desarman según la encuesta del mes. Sin partidos, lo que queda son personas, y una persona sola no se compromete con un proyecto sino con su próxima candidatura. De ahí el espectáculo de dirigentes que cambian de vereda sin ruborizarse: no traicionan una idea porque nunca hubo una.

La tercera es la comunicación convertida en fin. La política siempre necesitó comunicar, pero ahora parece existir solamente para eso. Se gobierna para el recorte de video, se legisla para el posteo, se discute para la tribuna propia. El adversario dejó de ser alguien a quien convencer o con quien negociar y pasó a ser un insumo: cuanto más irritante, mejor rinde. El resultado es una conversación pública ruidosa y estéril, en la que todos gritan y los problemas de fondo —la pobreza estructural, la educación, el trabajo, la inflación que erosiona todo lo demás— siguen ahí, intactos, esperando a alguien que tenga más interés en resolverlos que en usarlos.

Sería cómodo terminar acá, con el dedo apuntando hacia arriba. Pero la crisis de representación tiene también una mitad que nos toca a nosotros. Pedimos dirigentes cercanos y premiamos a los que mejor actúan la cercanía. Reclamamos honestidad y castigamos al que dice que algo va a llevar diez años. Exigimos renovación y después nos desentendemos: no nos afiliamos, no participamos, no vamos a la reunión de la vecinal ni a la asamblea de la cooperadora, y nos sorprende que esos lugares los ocupen siempre los mismos. La política es un espacio que no tolera el vacío: el lugar que deja el ciudadano común lo ocupa el profesional del cargo.

El riesgo de esta distancia no es menor. Cuando la gente deja de creer que alguien la representa, no se queda quieta: busca a quien prometa romper todo. El voto bronca, el outsider providencial, el desprecio por las instituciones "porque total no sirven" son hijos directos del desencanto. A veces ese sacudón renueva; muchas otras veces reemplaza una casta por otra, con peores modales y los mismos hábitos. La antipolítica es, al final, una forma de política, y suele ser la más cara.

¿Hay salida? No una mágica. Las hay modestas y trabajosas: partidos que vuelvan a formar gente y a discutir programas, mecanismos de rendición de cuentas que no dependan de la buena voluntad del que rinde, límites reales a la reelección indefinida, y sobre todo política de cercanía, esa que se hace en el municipio, en la escuela, en la institución del barrio, donde el dirigente no puede esconderse detrás de una pantalla porque se cruza con sus votantes en la vereda. La representación se reconstruye de abajo hacia arriba o no se reconstruye.

Mientras tanto, conviene desconfiar de dos tentaciones simétricas: la de creer que todos son iguales y la de creer que el próximo va a ser distinto por el solo hecho de ser nuevo. Ni lo uno ni lo otro. Los representantes se parecen bastante a la sociedad que los elige y los tolera. Si queremos que vuelvan a hacernos presentes, vamos a tener que empezar por estar.

(*)Julián Arregui  es ensayista y analista político. Su trabajo se concentra en la teoría de la representación, la crisis de los partidos como instancias de mediación y las transformaciones del vínculo entre ciudadanía e instituciones en las democracias contemporáneas.

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