Opinión

El Estado que molesta y el Estado que falta

Milei no ganó a pesar de sus formas, sino en parte gracias a ellas. Detrás de su triunfo hay un hartazgo concreto con un Estado que atropella al que cumple y abandona al que queda expuesto.
 
Artículo de opinión (*)

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Hace cuarenta años, un hombre como Javier Milei no habría ganado ni la elección de una asociación vecinal. Sus formas son estridentes, su tono es agresivo y su oratoria está lejos de la de un estadista. En el último debate antes del balotaje, Sergio Massa lo arrinconó con una facilidad que por momentos daba vergüenza ajena. Y sin embargo ganó, con casi el 56% de los votos.

La explicación más cómoda es culpar al votante: que se dejó engañar, que no entendió, que votó con bronca. Es una explicación tranquilizadora para quien la da y no sirve para nada. Si queremos entender qué pasó, hay que hacerse otra pregunta: qué experiencia concreta del Estado tiene el ciudadano común, y por qué para millones de personas esa experiencia se volvió intolerable.

Dos caras de una misma moneda

Un caso reciente sirve de ejemplo. En un control de ruta, un policía decide, con criterio propio y sin sustento legal claro, retener un vehículo cuya documentación está en regla. El propietario pasa dos días yendo de una oficina a otra, pidiendo papeles que nadie sabe bien quién emite, esperando a funcionarios que no están, hasta que finalmente se lo devuelven. Nadie le pide disculpas y nadie responde por el tiempo perdido. El agente que tomó la decisión sigue en su puesto, sin ninguna consecuencia.

Ahora otro caso, de estos días. En Buenos Aires, un hombre de 47 años camina por la calle y un grupo de adolescentes lo rodea para robarle. Logra escaparse y encuentra a un policía. Días después, una jueza sobresee a uno de los agresores y declara inconstitucional, para ese caso, la ley que baja la edad de punibilidad. En el fallo se analiza con detalle la historia de vida del adolescente. De la víctima se dice que no sufrió "afectación" porque el robo no llegó a concretarse.

Uno es un caso de atropello y el otro de abandono. Parecen opuestos, pero son la misma cosa vista desde dos lados: un Estado que aparece donde molesta y falta donde se lo necesita. Exige todo al que cumple y no protege al que queda expuesto. Es implacable con el contribuyente y comprensivo con quien lo perjudica.

El que vive las dos cosas a la vez, al que le cobran impuestos hasta asfixiarlo, le traban cada trámite y lo dejan solo cuando lo asaltan, llega a un punto en que el discurso de "defender al Estado" le suena a defender a su agresor.

La rebeldía cambió de bando

El politólogo Pablo Stefanoni lo planteó en un libro de título provocador: ¿La rebeldía se volvió de derecha? Durante décadas la transgresión, el inconformismo y la bandera "contra el sistema" pertenecieron a la izquierda. En algún momento el progresismo pasó a ser percibido como el sistema mismo: el que administra el Estado, el que dicta lo correcto, el que dice cómo hablar. La derecha radical ocupó el lugar vacante del rebelde.

Desde ahí se entiende por qué las formas de Milei no le restaron votos. Para una parte importante de su electorado, lo desagradable era justamente la prueba de que no pertenecía al club. Cuando perdió el debate, muchos dijeron "bueno, es que no es un político profesional". Se puede leer como una excusa, pero también dice algo más profundo: para ese votante, la destreza para debatir era la marca del profesional de la política, y del profesional de la política desconfiaba. Hubo una inversión de valores en la que la torpeza se leyó como autenticidad.

El sociólogo Pablo Semán y su equipo lo encontraron en el trabajo de campo con votantes libertarios, sobre todo jóvenes y trabajadores informales. Es gente que nunca vivió al Estado como protector ni como proveedor, sino como un recaudador, un inspector, un obstáculo. Para el repartidor de aplicación o el monotributista que hace malabares, el "Estado presente" no es una consigna: es la multa, el formulario, el control. La pandemia, con sus restricciones y su arbitrariedad, fue para muchos el punto de quiebre.

Interpretar no es representar

Hay una distinción que vale la pena sostener. Milei interpretó un hartazgo, lo que no significa necesariamente que represente a quienes lo votaron. Muchos de sus votantes no comparten su programa completo, ni sus maneras, ni su visión del mundo. Pero el rechazo por lo otro era tan grande que cualquiera que lo nombrara con suficiente fuerza iba a ser escuchado.

La inflación, que superaba el 140% anual, hizo su parte. El voto antikirchnerista que llegó en el balotaje, también. Y el fenómeno no es solo argentino: Trump, Bolsonaro y Bukele surgieron de malestares parecidos con las instituciones. Pero ninguna de esas explicaciones, por sí sola, alcanza a explicar la intensidad del rechazo. Para eso hay que mirar la experiencia cotidiana del que hace la fila, paga, espera y no recibe nada.

La pregunta pendiente

Queda una pregunta abierta, y es la que importa hacia adelante. Si el origen del hartazgo es el policía que retiene un vehículo sin razón, el trámite absurdo, la ventanilla que no atiende y la víctima que nadie ve, ¿el fenómeno que ese hartazgo produjo resuelve esas cosas, o solo las canaliza?

El policía del control de ruta sigue ahí. La oficina que pide un papel más, también. La discusión sobre cuánto Estado queremos es legítima. Pero el problema que llevó a millones de argentinos a votar como votaron es otro: qué clase de Estado tenemos, y si alguien está dispuesto a hacerlo funcionar para el que cumple. Mientras esa pregunta no tenga respuesta, el hartazgo va a seguir buscando quién lo interprete.

(*)El autor es especialista en comunicación institucional y ciencia de datos. Ha sido responsable in-house y externo para diversas firmas, instituciones y organizaciones. Es maestrando de la Maestría en Ciencia de Datos (etapa de tesis) de la Universidad Austral, y Máster en Data Science y BI (UNED, Madrid), en Investigación de Mercado (UNED, Madrid) y en Dirección Comercial (Universitat de Barcelona).

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