
La madrynense que viajó con los Cascos Blancos a Turquía e integró el equipo que rescató tres vidas de entre los escombros
Adrián Sandler
Iona Coronato Jones nació en Puerto Madryn hace 35 años y hace pocos días volvió de Turquía, donde conoció el olor a muerte.
Iona, de ojos grandes y respuestas inmediatas, no habla del olor a muerte como una metáfora, sino que es capaz de describirlo, con una precisa capacidad de traducción de lo que perciben sus sentidos.
Iona nació en Puerto Madryn, donde después de egresar de la Secundaria en la Escuela 728 se fue de la ciudad para estudiar en la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde egresó como licenciada en Ciencia Política.
Con una especialización en Comunicación Institucional y Política en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), y una carrera de Traductorado Público avanzada en la Universidad del Aconcagua, de Mendoza, su trayectoria laboral se orientó más a las relaciones institucionales, a la comunicación, y a la interpretación, amante de los idiomas como se define.
A poco menos de 10 años de haber obtenido su título universitario, ya tiene un relevante recorrido laboral que la condujo, desde hace un año y medio, a ser integrante de los Cascos Blancos, el organismo de la Cancillería argentina que brinda asistencia internacional, con la participación de voluntarios de todo el país.
“Mi jefa en el Ministerio de Seguridad de la Nación se fue trabajar a la Cancillería y me ofreció ir a Cascos Blancos”, responde en una entrevista con este periodista en Trelew, donde aprovechó, dentro de un descanso de unos días en su ciudad natal, para visitar a parte de su familia y bajar los decibeles mentales después de una experiencia fuerte desde donde se la mire.
Iona conoció Turquía como parte de la delegación de 32 personas y 2 perros rescatistas que viajó a uno de los puntos más golpeados por los terremotos para ayudar en la asistencia y el rescate de personas de entre las montañas de escombros en los que se convirtieron decenas de edificios derrumbados que produjeron la muerte de más de 50.000 personas, según los datos oficiales que se difundieron en los últimos días.
“Si bien son viajes que hacen todo el tiempo los Cascos Blancos, no había tenido la oportunidad de hacer ninguno porque mi perfil es más idiomático y muchos de los viajes son a lugares de habla castellana. Había ido a otros lugares a nivel país, pero con otras temáticas”, repasa Iona.
- ¿Cómo fue el pedido u ofrecimiento para ir a Turquía? ¿Con cuánto tiempo de anticipación antes del viaje?
- Fue bastante rápido. El jefe de misión me preguntó si me interesaba ir. Y un día y medio después dije que sí.
- ¿Te costó decidirte?
- Dudé. Después de decir que sí me dio un poco de miedo. Pero fui porque me sentía fuerte para ir.
- ¿Habías ido alguna vez a Turquía?
- No había ido nunca. Fuimos a la ciudad de Antioquía, en la provincia de Hatay, al sureste del país, en el límite con Siria. Empezaba el día sexto después del terremoto cuando llegamos, aunque todo el tiempo había temblores.
- ¿Cómo fue la llegada? ¿Dónde aterrizaron?
- Llegamos a Estambul. Nos esperó un avión que llevaba pasajeros a Adana, que era el último aeropuerto no colapsado que había. Y la Agencia turca de Desastres, la AFAD, nos llevó a Hatay.
- ¿Qué viste cuando entraron a Antioquía?
- Al entrar por tierra, un escenario de colapso total.
Iona certifica sus palabras con un video, registrado en su teléfono celular y de pocos segundos, pero en el que aparecen, bajo el sol invernal, toneladas incalculables de escombros y, entre esos pedazos de edificios caídos, rescatistas y máquinas que ayudaron en la delicada remoción de los restos de las construcciones, una vez apartados de los cuerpos.
El viaje comenzó con la salida desde Buenos Aires, el 9 de febrero, y terminó con el regreso, el 19. Fueron diez días en total, de los cuales seis se desarrollaron con el trabajo en terreno.
Al quinto día, los rescatistas que fueron parte de la misión que integró Iona fueron protagonistas de un milagro: el rescate con vida de una joven madre con sus hijos de 6 y 9 años, después de una cantidad de horas de espera que, en la mayoría de las catástrofes, son sinónimo de muerte.

Cuentan las crónicas que algunos medios escribieron que un hombre, desesperado, se acercó a los gritos al lugar donde estaban parte de los rescatistas argentinos para pedir ayuda.
Dos de los integrantes de la delegación corrieron al lugar indicado por el hombre y pudieron concretar el rescate. La mujer y sus dos hijos, en milagroso buen estado de salud aunque en estado de shock, fueron subidos a una ambulancia.
Esa acción fue parte esencial del reconocimiento que los integrantes de la delegación compuesta por los Cascos Blancos, Iona incluida, recibieron en el Departamento Central de la Policía Federal, en Buenos Aires, el último 24 de febrero.
Antes, apenas conocida la acción, el canciller Santiago Cafiero y otros integrantes del Gobierno Nacional habían manifestado su orgullo por el trabajo de los rescatistas, sobre todo a través de las redes sociales.
En esas mismas redes, en Twitter, la cuenta oficial de los Cascos Blancos destacó en particular el trabajo de Iona durante un móvil de la televisión turca que entrevistó a una de las rescatistas luego del hallazgo de las tres vidas.
“Iona Coronato, miembro del voluntariado civil del Estado y enlace clave para la vinculación de toda la misión con las autoridades locales y la población damnificada, también brinda colaboración en la relación con los medios audiovisuales en Turquía”, dice el texto del posteo, acompañado del link a un video de la transmisión en vivo de la TV turca desde Antioquía, donde se puede ver a Iona ejerciendo su rol de traductora de las preguntas en inglés de la periodista a la rescatista.
Ese milagro de la vida ayudó a matizar el espanto de la destrucción y de la muerte que Iona vio demasiado y que, diez días después de su regreso, la tienen en un estado de “piloto automático” en el que no puede “procesar mucho”, dice cuando se le pregunta por su entereza durante esta entrevista, en la que, pese a la crudeza del relato y a gestos casi permanentes de entre tristeza y estupor, no llora.
Sin embargo dice, convincente y con la mirada conmovida, que sí lloró. Que lo hizo varias veces durante el viaje y al regresar.
Ahora ya está aquí por unos días para descansar, procesar la experiencia y para resguardarse en el calor de su familia en Puerto Madryn y en Trelew.
Y para volver, en unos días, a su lugar de trabajo para reencontrarse con esos héroes de los que ella ya es parte y que cada tanto, como cuando ayudan a otras personas a regresar a la vida y a emerger del olor a muerte, salen del anonimato.


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